2012-10-16 08:09:41 / Fuente: Meir Margalit, Tlaxcala
¿Qué se le responde a un amigo, un fraile católico, que mostrándome una inscripción obscena escrita por un(os) degenerado(s) en hebreo a la entrada del convento franciscano en el Monte Sion? Me hace sólo una pregunta simple, corta, pero tajante ¿Por qué? "¿Hermano, por qué?" Él me interroga y yo no sé qué responder.
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Tengo algunas explicaciones sobre los procesos de brutalización que está atravesando la sociedad israelí, sobre la íntima relación entre la violencia de los colonos en los territorios palestinos y las agresiones de bandas derechistas contra iglesias en Jerusalén; pero aunque todos estos argumentos podrían explicar a duras penas las raíces de este fenómeno vergonzoso, todas ellas no alcanzan a responder a una simple y aguda pregunta: "¿Por qué?"
Y no me resta más que quedar frente a mi amigo, con una mezcla de vergüenza y furia contra esos degenerados que actúan igual, idénticamente igual, que otros degenerados se comportaron contra mis padres en la Polonia de la década de los 40. Y no puedo dejar de cuestionarme que ¿cómo es posible que en el Estado de Israel los cristianos sufran las mismas ofensas que sufrieron mis antepasados en aquella época? y ¿cómo es posible que una generación de racistas extremistas haya surgido entre nosotros? Y si el término le resulta a alguien exagerado, pues que tenga a bien explicarme por qué a los que atacan las sinagogas en Europa se los considera racistas neonazis mientras que a los que atacan las iglesias en Jerusalén no les corresponde el mismo apelativo. Pero la comparación con agresiones antisemitas en Europa no es correcta, ya que, mientras que en Europa aquellos grupos son sólo marginales y minoritarios, sus “hermanos gemelos" en Israel se han convertido en mainstream, son el reflejo de la opinión popular y se mueven con plena impunidad, a sabiendas de que gozan del apoyo gubernamental. ¡Y cómo no van a sentirse seguros, si un miembro del parlamento tuvo la osadía hace un mes de romper un ejemplar del Nuevo Testamento y en el gobierno no hubo mayor reacción que unas pocas palabras de repudio!
Por eso digo que el problema no son esas bandas de degenerados; el problema es el mismo gobierno que no reacciona. Y no menor es la culpa del establishment rabínico que los abraza y que podría hacer mucho más dado que esta gente, en su mayoría, actúa en nombre de Dios y de la patria. Por cierto, no se trata de un fenómeno novedoso, ya que desde siempre ha existido en este país una subcultura racista, xenófoba, y marginada; pero últimamente estos grupos han proliferado y se transformaron en mayoría, y por ello son mucho más peligrosos.
Pero el peligro no es sólo para con los cristianos en Tierra Santa. Estos grupos representan un peligro principalmente para las comunidades judías de la diáspora, ya que frente a una ofensa de este tipo lo más natural es que grupos antisemitas, donde se encuentren, efectúen represalias contra las sinagogas locales con la finalidad de retribuir la ofensa infringida al convento franciscano de Jerusalén. ¿Pensaron aquellos degenerados al pintar esas inscripciones obscenas cómo afectaría ello a las colectividades judías en el resto del mundo? ¿Son capaces de imaginarse en que situación delicada colocarán a "sus hermanos", cuando la agresión contra el convento se publique, en la primera plana de los periódicos de todo el mundo?
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He estado con ellos cuando se contaban las agresiones de las que han sido víctimas en los últimos meses. Unos contaban cómo los ofendían con palabras obscenas, otros cómo les tiraban piedras o huevos y lo más difícil para mí, personalmente, fue escuchar a un fraile veterano contar que el día anterior un grupito de jóvenes religiosos le escupió al caminar por la ciudad vieja, y su reacción fue responderles: "Jag Sameah" - "Felices Fiestas", aludiendo a la fiesta de Hanukka que se festejaba esa semana.
Esta actitud ya nos costará caro. La tradición hebrea nos enseña que uno de los motivos que llevaron a la destrucción del templo de Jerusalén fue por la falta de respeto para con el prójimo. La conclusión más profunda de esta metáfora es que el Estado de Israel desaparecerá no a causa de sus enemigos externos, sino a raíz de la falta de valores humanos, morales y éticos que está afectando a este país en la última época. La única forma de evitar este colapso consiste en tener presente que no sólo los hebreos, sino cada ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios, sin distinción de raza o religión, para devolverle a este sufrido país la sensatez y el calor humano que tanto nos está faltando.
Nota del editor: Gracias a Tlaxcala al no compartir la justificación religiosa aportada por el autor sobre su profesión de fe humanista, le deja toda su responsabilidad.
Gracias a: Meir Margalit
Fuente: Tlaxcala
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