2017 · 07 · 10 • Fuente: Julie Webb-Pullman, Middle East Monitor / Traducción: Palestinalibre.org

Recordando la ofensiva de Israel contra Gaza

Tres años después del bombardeo israelí a Gaza, Julie Webb-Pullman recuerda una morgue improvisada fuera del hospital de Al-Shifa, la falta de suministros médicos para tratar a los heridos y los gritos de los niños cuyos padres habían sido asesinados.

Imagen de una ambulancia dañada que fue bombardeada durante la ofensiva israelí en  Gaza [Boris Niehaus / Wikipedia]

Las escenas que vi al ir a trabajar cada día eran angustiantes, mientras caminaba más allá de la morgue del Hospital de Al-Shifa. Durante los primeros días ni siquiera me di cuenta de que había una morgue. Había unos cuantos coches estacionados afuera, pequeños grupos de personas agrupados contra las paredes y miembros de la familia afligidos en los terrenos del hospital durante la ofensiva. No era imagen poco común.

Cada día crecía el número de autos y personas y una mañana la cruda realidad me golpeó. Un día un coche pasó junto a mí, se detuvo y un hombre se acercó a él, acunando en sus brazos una manta blanca brillante, en ella se encontraba fuertemente envuelto el cuerpo de un niño.

Otros hombres salían corriendo con una camilla con un cuerpo cubierto, o eso pensé. Mientras corrían, un miembro ensangrentado cayó al suelo frente a mí. No era un cuerpo en la camilla, sino una colección de partes humanas, era la horrible evidencia del tipo de armas que Israel usaba contra los civiles de Gaza, algunas prohibidas otros tan nuevas que todavía estaban a pruebas.

Continúe caminando, más allá había jóvenes sentados sollozando contra la pared, con sus cabezas sobre las rodillas. Apenas pude contener mis propias lágrimas.

Los cuerpos fuera de la morgue se amontonaban y se desplomaban, pero los que se encontraban dentro solo continuaban creciendo. Algunos días, ni siquiera podía pasar, otros días llegaban ambulancias o coches y los cuerpos pasaban delante de mis ojos, mientras que los familiares gritaban, se desmayaban o miraban aturdidos mientras otros miembros de la familia los sostenían.

La miseria, la tristeza, el enorme sufrimiento humano era abrumador. Informé sobre los muertos y heridos en hechos y cifras, mi corazón y mi alma se agitaban, traté desesperadamente de aferrarme a algo llamado humanidad cuando había tan poca evidencia de ello en lo que había visto.

Subía las escaleras del hospital y veía a los agotados médicos y cirujanos que hacía un par de semanas eran seres humanos sanos y vibrantes, quienes fueron reducidos a fantasmas pálidos, luchando por seguir adelante, para cuidar y salvar vidas cuando había tan poco cuidado para ofrecer. No había medicina, ni suministros, ni equipos, y las vidas que se hubieran podido salvar se perdieron ante el gran número de personas que exigían su atención.

Los médicos debían decidir cuáles eran los pacientes que vivían o morían, no porque clínicamente no pudieran salvarlos, sino porque sólo había recursos suficientes para salvar a uno.

Los médicos, las enfermeras y el personal del hospital tenían claro que incluso en los hospitales no estaban seguros porque Israel los atacaba deliberadamente. Tres hospitales habían sido evacuados; siete empleados del hospital habían sido asesinados o heridos.

Los conductores de ambulancia y los paramédicos sabían que cuando iban a buscar a los heridos, existía la posibilidad de que no iban a regresar. Doce ambulancias fueron destruidas, un conductor muerto y cinco paramédicos heridos. Todo en un día de trabajo. Estas personas no habían recibido su remuneración por meses; lo hicieron por su propio sentido de compasión y deber.

Edificios destruidos y dañados en Gaza durante la ofensiva de Israel contra Gaza [War in Gaza 096 / Wikipedia]

Iba a las salas para entrevistar a los sobrevivientes y sus familias. Uno podría pensar que esto iba a ser menos traumático, al menos estaban vivos, y había esperanza. No lo era. Los cuerpos de los bebés habían sido azotados por metrallas por lo que parecían más un filete de pimienta que un bebé humano; habían niños inconscientes llenos de tubos que salían y entraban por sus cuerpos; otros niños lloraban por sus madres y padres que nunca más los reconfortarían porque estaban muertos; madres compartían una habitación con varios de sus hijos, todos cortados en rodajas, cortados en trozos, triturados o desmenuzados por armas israelíes hechas o financiadas por los Estados Unidos.

Nadie sabía cuál de ellos saldría de allí, y si lo hacían, tampoco se sabía si podrían de nuevo caminar, hablar, alimentarse, estudiar, trabajar o tener cualquier apariencia de un futuro normal que sus madres esperaban para ellos. Los padres colapsados estaban destrozados por la culpa de no haber podido proteger a su familia.

Salía afuera y veía el cielo, el sol brillaba. Las aves cantaban. Sólo quería gritarles, "¿no saben lo que está pasando?". Caminaba a casa bajo la presencia constante de drones, el sonido de las explosiones casi seguían el ritmo de mis pasos. Volvía más allá de la morgue, en momentos en silencio y desierta, al menos por fuera.

Un día un grupo de niños corría por delante llevando botellas de agua, riéndose y cayéndose, ayudándose mutuamente. Pasé por la sala de maternidad, y vi a un hombre en la calle llamando a su esposa que aparecía en una ventana y sostenía a su bebé recién nacido para que él lo viera.

Me pregunté, ¿si era esto deliberado, instalar una unidad de maternidad al lado de la morgue para reafirmar la aseveración que la vida sea lo que quede?

Después de todo, esto es Gaza, donde la mera existencia es resistencia.

Fuente: Remembering Israel’s war on Gaza

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Fuente: Julie Webb-Pullman, Middle East Monitor / Traducción: Palestinalibre.org