2017 · 12 · 12 • Fuente: Emilio Marín, La Pampa La Arena

Tercera Intifada en marcha, tras la provocación de Trump

El presidente norteamericano pateó el tablero mundial y reconoció a Jerusalén como capital de Israel. Semejante provocación política, además de poco diplomática, lo aisló a nivel mundial. Y detonó la tercera Intifada palestina.

La bestia de Donald Trump tiene los récords de decisiones imperiales, discriminatorias, belicistas y contrarias a la ley internacional y la conservación del medio ambiente. Ahora se ha superado a sí mismo, porque el 6 de diciembre sorprendió al mundo al mostrar su resolución, reconociendo a Jerusalén como capital del estado de Israel. En consecuencia ordenó trasladar su embajada radicada en Tel Aviv hacia la Ciudad Santa, aunque eso demorará cierto tiempo y según el canciller Rex Tillerson no podría ser implementada hasta 2019.

Quizás se estaban dividiendo el trabajo el incendiario Donald y el bombero Rex, o, como se advirtió en algunas tácticas no idénticas ante Corea del Norte, hubiera algunos matices. Es que ese alineamiento total con el régimen sionista de Benjamin Netanyahu, los ha colocado en la vereda de enfrente a los gobiernos de todo el mundo. Incluso la monarquía árabe más reaccionaria y afín a Washington, como el rey Salman de Arabia Saudita, se vio obligada a criticar la medida de “injustificada e irresponsable”.

La Unión Europea, habitualmente socia de Estados Unidos en cuestiones cardinales de política internacional y en la OTAN, también ha cuestionado el paso dado. En una reciente reunión de cancilleres en Bruselas le dijo a Netanyahu que no adhiere al reconocimiento del magnate de las torres y negocios inmobiliarios.

Esto ha sido tan brutal, desproporcionado, inconsulto, falto de todo sentido de equidad entre israelitas y palestinos, con desapego por la historia y la diplomacia, contrario a las negociaciones pacíficas, etc, que entre las reacciones adversas debe resaltarse la de Turquía.

Su presidente Recep Erdogan amenazó con romper relaciones diplomáticas con Estados Unidos. Y como las imágenes valen mucho más que las palabras, ante el mundo quedó grabada la foto suya mostrando cómo eran los mapas de Palestina e Israel desde 1948 hasta hoy. La Palestina fue siendo devorada por el pequeño mal vecino, que hoy detenta bajo dominio militar el grueso del territorio. El turco dijo que Israel es un estado terrorista y asesino de niños.

El aval de Trump hará que continúe su curso el robo de tierras palestinas, la colonización ilegal en Cisjordania y la israelización de Jerusalén oriental. Habrá más muros del apartheid, una especialidad de Netanyahu que su aliado mayor los quiere erigir en la frontera con México.

Breve historia.

Trump corre con mucha ventaja la carrera de quién es el peor presidente yanqui de los últimos años, pero no hay que creer que todo empezó con él. La decisión de mover la embajada de su país a Jerusalén fue votada por el Capitolio en 1995, en pleno acuerdo con Bill Clinton sucedido por George W. Bush y Barack Obama. Todos mantuvieron esa política pro-sionista, aunque, precavidos, fueron poniendo extensiones al momento de aplicar tal decisión, sabiendo que el orbe los repudiaría y no sólo el mundo musulmán.

Trump ha sido el ejecutor de un plan concebido por Clinton y esos presidentes. Obama tuvo de canciller a Hillary Clinton, también candidata a presidente, partidaria del acuerdo con los sionistas en Washington, Medio Oriente y el planeta.

La decisión de mover la delegación estadounidense a Jerusalén es contraria a la legalidad y la práctica internacional. La realidad demuestra que las 86 embajadas de países que reconocen a Israel están en Tel Aviv. Ninguna en la Ciudad Santa. Tanta unanimidad no surge de la nada sino de que Jerusalén tiene un estatus especial, dividida en una mitad occidental de mayoría judía-israelita y otra oriental de mayoría musulmana-árabe, tras la decisión de Naciones Unidas del 29 de noviembre de 1947, que partió en dos al territorio de Palestina.

Supuestamente convivirían dos estados, con Jerusalén como ciudad compartida. El problema es que antes de mayo de 1948, cuando nació oficialmente Israel, sus milicias y futuro ejército comenzaron con la limpieza étnica de árabes en zonas que le habían sido adjudicadas y en otras que serían de un Estado palestino que nunca nació. Así fue que en ese año tan lejano, con la fuerza militar, comenzó el delirio sionista de Jerusalén como “capital única e indivisible” de Israel. Esa política se acentuó tras la victoria de la Guerra de los 6 días, en 1967, cuando el sionismo se apropió del control de facto y administrativo de toda la ciudad, arrebatándosela a Jordania. Lo mismo hizo con Cisjordania, parte del Sinaí egipcio, Alturas del Golán de Siria y franja del sur del Líbano. En 1980 consideró madura la situación para la anexión de la ciudad de las tres religiones, pero eso fue tildado de “violación del derecho internacional” por las Naciones Unidas.

Al contrario, en ese ámbito estaban votadas resoluciones desde 1967 reclamando a Israel la devolución de los territorios robados. Sólo reintegró parte del Sinaí, para calmar el frente con Egipto, y la franja libanesa en 1985, luego de una desastrosa ocupación y guerra con el Líbano, reiterada en 2006 frente a la dura resistencia de Hizbollah.

El resto, hasta hoy, sigue apropiado por Israel. Y su retirada de Gaza en 2005 es una verdad menos que a medias, porque allí mantiene el bloqueo económico y marítimo, más sus bombardeos e invasiones cada vez que lo considera necesario, como con la operación “Borde Protector” entre julio y agosto de 2014, que dejó 2.300 palestinos muertos.

Tercera Intifada.

La primera Intifada o levantamiento ocurrió en Gaza en 1987, luego que el ejército invasor asesinara a cuatro personas. Más allá del detonante, el motivo de fondo fue que los palestinos, reorganizados por su líder Yasser Arafat, de la OLP, presionaban por su propio Estado con capital en Jerusalén oriental.

Esa rebelión, con intermitencias duró hasta 1992, posibilitando la apertura de negociaciones entre las partes y la firma de los acuerdos de Oslo, en 1993. Se acordó un sistema de autonomía para los palestinos, con la Autoridad Nacional Palestina presidida por Arafat y radicada en Ramallah, Cisjordania.

Tales convenios fueron postergados y en parte violados, porque el régimen israelí continuó ocupando tierras ajenas y bloqueando la existencia legal del otro Estado, prometido al cabo del quinquenio de autonomía.

Eso no se produjo y Oslo sirvió para que Isaac Rabin y Shimon Peres obtuvieran el Nobel de la Paz, con premio consuelo para Arafat quien terminó muriendo envenenado por Israel.

Rabin fue asesinado por un neonazi israelí. El gobierno de Tel Aviv cayó en manos de fuerzas de ultraderecha como el Likud de Ariel Sharon, antecesor de Netanyahu en las provocaciones contra Palestina. Y por eso, tras la represión del 2000 en el Monte del Templo y Mezquita de Al Aqsa, comenzó la segunda Intifada, con piedras pero también con acciones armadas de la vieja OLP, Hamas, Frente Popular y Frente Democrático para la Liberación de Palestina, etc.

A la muerte de Arafat en 2004 la titularidad de la ANP pasó a Mahmud Abbas, un palestino moderado que quedó muchas veces en offside por su deseo de negociar la paz cuando del otro lado no le ofrecían más que colonias y muros en Cisjordania, bloqueo en Gaza y negativa al ingreso de Palestina en la ONU con derecho a voto.

Ni Obama ni sus respectivos secretarios de Estado Hillary Clinton y John Kerry quisieron ni pudieron más tarde sentar en la misma mesa a Netanyahu y Abbas. La continuidad de las colonias ilegales en Cisjordania y la ocupación de Jerusalén oriental, por Israel, quitó toda posibilidad de diálogo. Era un fracaso anunciado.

Una cosa es una lamentable impasse como esa y otra mucho peor es la crisis creada el 6 de diciembre por Trump, con la decisión de apoyar unilateralmente a Israel y concederle visa legal a su ocupación de Jerusalén.

Dos días después, el viernes 8, tras los rezos en Al Aqsa y otras mezquitas, comenzó la resistencia palestina. Los soldados israelitas ya mataron a cuatro palestinos e hirieron a más de 800; los muertos fueron en Gaza, dos por acción del ejército y dos por bombardeos aéreos. Muchos de los centenares de heridos lo fueron por aquellos bombardeos y disparos de balas.

Ni Macri lo apoya.

A nivel de gobiernos del mundo, ninguno secundó la horrible decisión norteamericana y en cambio muchos apoyaron la causa palestina, entre los más decididos los iraníes con su presidente Hassan Rohani y el Ayatolá Alí Khamenei.

Sin llegar a ese punto, el Papa Francisco manifestó su oposición al traslado de la embajada de EE.UU. a Jerusalén y advirtió contra un mundo con un exceso de guerras.

Cómo será de brutal lo de Trump que logró todo un récord: que la cancillería de Mauricio Macri se le desmarcara, lo que no ocurre prácticamente nunca. El Palacio San Martín planteó: “al igual que la mayor parte de la comunidad internacional, la Argentina apoya el régimen internacional especial de Jerusalén, conforme lo establece la Resolución 181 (1947) de la ONU, así como el libre acceso, visita y tránsito sin restricción a los Lugares Santos para los fieles de las 3 religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo e Islam), por lo que Argentina lamenta medidas unilaterales que pudieran modificar este estatuto especial”.

El gobierno macrista lo lamenta, el pueblo argentino lo lamenta muchísimo más.

Fuente: Emilio Marín, La Pampa La Arena