2018 · 04 · 16 • Fuente: Ahmad Abu Rtemah, The Nation / Rebelión (Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bast

Con la Gran Marcha del Retorno los palestinos reivindican una vida digna

La Nakba no es solo un recuerdo, es una realidad actual. Podemos aceptar que todos debemos morir un día; la tragedia en Gaza es que no conseguimos vivir.

Un payaso palestino entretiene a niños refugiados palestinos en la protesta de la ciudad carpa cerca de la frontera con Israel, en Gaza, el 2 de abril de 2018. (Mohammed Talatene / picture-alliance / dpa / AP Images)

En los últimos ocho días decenas de miles de manifestantes en Gaza han insuflado vida a un lugar al que se la están arrebatando poco a poco. Nos hemos reunido coreando y cantando una canción que todos hemos añorado (“Retornaremos”), y trayendo todo lo que nos queda por ofrecer en un intento de reivindicar nuestro derecho a vivir en libertad y con justicia. A pesar de nuestras marchas pacíficas los soldados israelíes nos han recibido con una nube de gases lacrimógenos y de fuego rea. Desgraciadamente, esto no es nuevo para los palestinos de Gaza, que han vivido muchas guerras además de un brutal asedio y bloqueo.

En Gaza viven casi 1.9 millones de personas, de las que 1.2 millones son refugiados que fueron expulsado de sus hogares y de sus tierras cuando se estableció el Estado de Israel hace 70 años, acontecimiento que los palestinos denominan la Nakba (catástrofe). Desde que empezó el bloqueo [a Gaza] hace casi 11 años, la simple tarea de sobrevivir cada día ha demostrado ser un reto. El simple hecho de despertarse y tener acceso a agua limpia y electricidad es ahora un lujo. El bloqueo ha sido especialmente duro para las personas jóvenes, que padecen una tasa de paro del 58 %. Lo que es peor es que todo esto es el resultado de una política israelí, que se puede cambiar. Esta vida dura y difícil no tiene por qué ser la realidad para Gaza.

Los pescadores no pueden ir más allá de seis millas náuticas, con lo que conseguir suficiente pesca para mantener a sus familias se convierte en un reto. Después de todas las guerras de Israel contra Gaza, en 2008-09 y más tarde de nuevo en 2012 y 2014, además de todos los asesinatos ocurridos entre estas guerras, a los gazís ni siquiera se nos ha dado la posibilidad de reconstruir ya que Israel ha endurecido su control sobre la entrada de materiales de construcción. Los hospitales están en un estado alarmante y a los pacientes apenas se les da la posibilidad de buscar tratamiento fuera de Gaza. Por no mencionar la perpetua oscuridad en la que vivimos, sin apenas electricidad o agua limpia. Es como si no bastara con desplazarnos, es como si hubiera que contener y borrar todo recuerdo de los refugiados palestinos.

Nací en el campo de refugiados de Rafah en Gaza. Mis padres son originarios de la ciudad de Ramle, en lo que ahora se conoce como Israel. Como la mayoría de los refugiados palestinos, escuché a los miembros más ancianos de mi familia contar cómo habían sido desplazados brutalmente de sus hogares durante la Nakba. No importa cuantas décadas hayan pasado, ellos, al igual de cientos de miles de otros palestinos, nunca pueden olvidar los horrores de los que fueron testigos durante esta desposesión ni toda la violencia y dolor que les acompañó.

Nunca he visto la casa de mi familia en Ramle y mis hijos nunca han visto nada más allá de los confines de Gaza y el bloqueo. Mi hijo mayor de siete años y el menor de dos no conocen ninguna otra realidad más allá del sonido de las bombas, la oscuridad de la noche sin electricidad, la imposibilidad de viajar libremente o el hecho de que estas cosas no son normales. Nada de la vida en Gaza es normal. La Nakba no es solo un recuerdo, es una realidad actual. Y aunque podamos asumir el hecho de que todos tenemos que morir un día, la tragedia en Gaza es que no conseguimos vivir.

Y ello a pesar de la dura realidad que soportamos. Los dos últimos viernes nos alzamos contra los poderes que nos dicen que nos rompamos y muramos en silencio, y decidimos manifestarnos por la vida. Es la protesta de un pueblo que no quiere más que vivir con dignidad.

En 2011 los palestinos se manifestaron cerca de las fronteras de Siria, Líbano, Jordania, Gaza y Cisjordania. Algunos fueron asesinados, otros lograron cruzar la frontera y fueron detenidos por soldados israelíes. Pero mucho antes, en 1976, los palestinos protestaron por la expropiación de sus tierras por parte de Israel en lo que después se llamaría el Día de la Tierra. Seis palestinos fueron asesinados entonces y 42 años después Israel sigue recurriendo a la violencia mortífera para impedir a los refugiados retornar, puesto que ha matado a al menos 25 palestinos en Gaza desde el pasado viernes. Esos seres humanos osaron soñar más allá de los callejones del campo de refugiados; tenía la imagen de un hogar que nunca tuvieron la posibilidad de ver.

Me ha preocupado nuestra seguridad cuando miles de personas acudimos a lo que Israel considera una “zona prohibida”. He pensado en las consecuencias. Cuando estaba con mi familia cerca de la plaza de la Marcha del Retorno al este de Khan Younis nos lanzaron gases lacrimógenos a todos, incluidos mis hijos. Me dolía ver la inocencia de la infancia empañada por esta traumática experiencia. Pero lo que muchas personas no reconocen es que tanto si estamos en nuestras casas como si estamos protestando fuera de ellas nunca estamos verdaderamente a salvo en Gaza ni estamos verdaderamente vivos. Es como si toda nuestra existencia y el sueño de retornar a casa y vivir dignamente tuvieran que ocultarse en la oscuridad.

No obstante, este año, después de que Trump reconociera Jerusalén como capital de Israel y la posibilidad de hacer lo que él llamó el “trato del siglo” los palestinos hemos sentido que el derecho legal al retorno de los refugiados corría peligro inminente, a pesar de estar reconocido por la resolución 194 de la ONU. El hecho de que nuestros derechos como refugiados se encuentren gravemente amenazados supone una preocupación colectiva y debemos resistir de forma novedosa, unida y revolucionaria, una forma que exista al margen del los parámetros de las negociaciones y de las facciones políticas, para presionar a Israel en la reclamación de nuestros derechos.

A lo largo de los últimos 70 años Israel ha estado desplazando y humillando continuamente a los palestinos. Vimos lo que ocurrió en 1948 y de nuevo en 1967, y ahora seguimos siendo testigos de ello con la cantidad cada vez mayor de colonias. A medida que Israel expulsa a los palestinos trae a nuevos emigrantes de todo el mundo y hace que se instalen en tierras robadas a los palestinos violando el derecho internacional. Y a pesar de eso, la falta de presión internacional y el apoyo del gobierno Trump sigue envalentonando a Israel, de modo que las colonias continúan expandiéndose sin descanso.

Israel quiere que el mundo crea que los palestinos abandonamos voluntariamente nuestros hogares y elegimos esta vida de degradación, sin derechos humanos, y que nosotros mismos nos la causamos.

Hoy los palestinos de Gaza tratan de romper las cadenas dentro de las cuales Israel se ha esforzado tanto que estemos. Somos manifestantes desarmados que nos enfrentamos con protestas pacíficas a soldados fuertemente armados. Por eso a Israel le resulta difícil difamarnos y justificar su brutal violencia, y el mundo se enfrenta a la realidad de que se está asesinando a civiles inocentes simplemente por ejercer su derecho a protestar pacíficamente. Las excusas que utiliza Israel para justificar sus políticas respecto a los palestinos pierden poco a poco su eficacia a medida que personas de todo el mundo cada vez se dan más cuenta de que la verdadera cara de Israel es la de un régimen brutal de apartheid.

A pesar de la violencia calculada de Israel y de que ataca a manifestantes desarmados, con nuestra gran Marcha del Retorno los palestinos de Gaza afirmamos alto y claro que seguimos aquí. Para Israel lo que es un crimen es nuestra identidad, pero nosotros celebramos la misma identidad que Israel trata de criminalizar. Personas de todas las profesiones y condiciones sociales participan en la Marcha. Los artistas contribuyen con la danza tradicional dabke, los intelectuales organizan círculos de lectura, otros artistas se visten de payasos y juegan con los niños. Lo más impresionante son los jóvenes, que viven y juegan, su risa es la mayor protesta de todas.

La ONU advirtió que Gaza puede ser inhabitable en solo dos años. Resistiendonos al destino que Israel ha planificado para nosotros nos defendemos luchando pacíficamente con nuestros cuerpos y nuestro amor a la vida, y apelamos a la justicia que queda en el mundo.

Sobre el autor: Ahmad Abu Rtemah es un escritor independiente de Gaza, activista de los medios sociales y uno de los organizadores de la Gran Marcha del Retorno.

Fuente: With the Great Return March, Palestinians Are Demanding a Life of Dignity

Fuente: Ahmad Abu Rtemah, The Nation / Rebelión (Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bast