2019 · 05 · 14

71 años de la Nakba: El precio de preservar el pasado palestino en Israel

Pagar hoy a los israelíes por la uva que cultivan en las tierras confiscadas por Israel a su familia en Iqrit le ofende, pero el palestino Nemi Ashkar necesitaba retomar el legado bodeguero que perdieron con la creación del estado en 1948 y la destrucción de su villa.

El vino -de hasta nueve variedades y uno de los únicos tres árabes frente a los más de 300 judíos en Israel- se llama como el pueblo familiar, del que solo queda el cementerio y la Iglesia sobre la colina, diseño que eligió para el etiquetado al que ha añadido también una imagen de la casa de sus abuelos.

"Cuando hace unos once años vi que habían empezado a cultivar viñedos en esas tierras, me irritó", reconoce sobre esta zona, en el norte de Galilea, que se ha convertido en paradigma de lo que los palestinos conmemoran cada 15 de mayo como Nakba, en árabe "catástrofe", que para ellos supuso la creación de Israel.

La historia de Iqrit, cuenta Ahskar a Efe, comenzó seis meses después de que David Ben Gurión proclamara desde Tel Aviv un día como hoy hace 71 años el Estado de Israel, cuando sus residentes recibieron una orden militar de evacuación con la promesa de volver en dos semanas. Nunca regresaron.

La población local árabe que se mantuvo dentro de las fronteras de Israel pasó a estar gobernada bajo normas militares hasta 1966, así que necesitaban permisos para moverse y, pasados los quince días, el gobernador israelí militar no les autorizó.

"Después de varios meses, demandaron a la Corte Suprema y falló a favor, pero en lugar de aplicar la decisión y dejarnos regresar, el Ejército lo declaró zona militar y la destruyó en la Nochebuena de 1951", recuerda Ashkar, a excepción del templo católico y el cementerio, donde hoy se entierra a los antiguos residentes y sus descendientes.

"Ahora solo volvemos cuando estamos muertos", lamenta.

Con la Ley de Ausentes de 1950 y la Ley de Expropiación con Fines Públicos de 1953, las tierras que rodean el pueblo quedaron confiscadas, como ocurrió con la mayoría de las propiedades árabes de la población autóctona desplazada o exiliada.

Así, perdieron sus casas y tampoco pudieron seguir cultivando "las mejores uvas", considera Ashkar, que casi todas las familias de Iqrit -de unos 300 habitantes- utilizaban para producir el vino que consumían.

"Pregunté quién lo estaba sembrando (ahora) y me dijeron que el Gobierno de Israel había dado esa tierra a gente de la zona, me fui a él y le pedí cooperación", continúa explicando sobre la relación estrictamente comercial que decidió establecer con los israelíes.

Ashkar produce unas 18.000 botellas en el sótano de su casa, en Kafr Yasif, una de las villas del norte de Israel en el que se han asentado los residentes y descendientes de Iqrit, "de forma temporal", dicen, convencidos de volver algún día.

El caso de Iqrit, a diferencia de las alrededor de 500 villas árabes que se calcula fueron destruidas antes y después de la creación de Israel, es que tiene una orden judicial y, en los años noventa, recibió el apoyo del Gobierno del primer ministro israelí Isaac Rabin para ser reconstruida.

"Esa es su singularidad, que tiene una decisión judicial, porque hasta ahora nadie ha podido construir allí, como ha ocurrido en la mayoría de los pueblos árabes que fueron destrozados", contextualiza.

La comunidad de Iqrit sigue hoy en día organizada y las nuevas generaciones suelen acampar en las ruinas del pueblo, mientras que la Iglesia acoge las celebraciones religiosas de Navidad y Semana Santa.

Con la destrucción del pueblo, "hicieron que la gente se convirtiera en refugiada en su propia tierra y se quedara sin casa a la que volver", resume Ashkar sobre la situación de su familia y de los más de 700.000 palestinos que se exiliaron por el conflicto entre los países árabes e Israel.

"Vivimos con la esperanza de que volveremos y no vamos a parar de luchar", asevera sobre un deseo que pretende completar con el traslado de su bodega de Kasr Yasif a Iqrit y la plantación de sus propias viñas en las que fueron las tierras de sus abuelos.

Fuente: Laura Fernández Palomo, Agencia EFE