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Amerrika: el derecho de sobrevivir

Fuente: Sergio Berrocal (Colaborador de Prensa Latina)

Nada es menos profundamente maniqueo que el amor de una mujer. No hablo de ese amor de mentirijillas, el love condimentado con todas las salsas por los cantantes románticos.

Hablo de aquel otro amor de virgen mártir que se revuelve para impedir que el hijo vuelva a ser un Jesús clavado de mala manera en un madero para peones camineros del bandolerismo. Clavado hasta que estallan las palmas de la mano. Clavado, crucificado dirán los más finos, por colonialistas sin rostro ni identidad. Siempre los mismos.

Ahora Cisjordania, capital Gaza, ayer Iraq, capital Bagdad, y anteayer Vietnam, capital Saigón. Entretanto Kabul, país Afganistán.

Amerrika es una película que hay que ver como sea. Es la escenificación contemporánea de un calvario montado y patrocinado por la moderna Roma, con sucursal en Tel Aviv y cualquier lugar del globo donde vivir un poco es morir casi siempre.

Un calvario con palestinos a modo de pastorcillos e israelíes como pretorianos de la antigua Roma con Herodes y sus asesores.

Un calvario que en Amerrika empieza precisamente en Belén, comienzo de todo, desde donde se divisa el maravilloso muro que los israelíes han construido para evitar "el paso de terroristas".

Muna (Alia Shawkat, oasis para la felicidad) vive allí y no es terrorista ni nada que se le parezca. Cuando la conocemos su única preocupación es conseguir buenos tomates para la cena. Harta de los controles siniestros que los israelíes han rehabilitado para hacer aún más difícil la respiración de los palestinos, decide marcharse a Estados Unidos con su hermana.

Quiere poner a salvo a su hijo. Pero al llegar al país de todas las oportunidades se da cuenta de que siguen siendo palestinos, eternos sospechosos de todos los terrorismos del mundo. Desde que a Jesús le crucificaron, los milagros ya no existen. Y en Estados Unidos tampoco.

Recorre Muna su particular calvario entre el trabajo en una hamburguesería que en su imaginación, y para los más íntimos se transforma en banco ("tengo tres licencias y hablo dos lenguas y media"), y una voluntad de sobrevivir que pueda con todo.

Esta película tan redonda, que Cherien Dabis hace navegar como Ulises en busca de una Ítaca que seguramente no existe más que en la locura, es un encaje de bolillo de Brujas sin independentistas flamencos a la vista.

La banda musical es tan maravillosa como un cuscús cuya salsa picante atenúa el vino gris de Argelia, que en París nos vendían por cuatro chavos cuando la guerra aquella que los argelinos sostenían frente a los franceses. Y cuando el maquiavélico Charles de Gaulle, más general que político, pronunció aquel vibrante: "Je vous ai compris!".

No había entendido nada, no había comprendido nada, y la guerra siguió matando a hombres, mujeres y niños, que estaban hechos sólo y exclusivamente para vivir.

Alia Shawkat es una mujer regordeta que te hace olvidar el mítico personaje de "Café Bagdad". Se pasea por la pantalla, la ocupa, la piratea y te conquista. Es la mujer, espléndida, vital e idealista, que no tiene más verdad que la vida.

Es esa enamorada que querrías encontrarte en la cola de la caja del supermercado para amarla durante los noventa minutos que dura cualquier vida. Salvo que ella terminará rubricando su propia película cuando a los noventa minutos de proyección reúne en un restaurante de los alrededores de Chicago a toda la gente que ella quiere. Y que la quieren.

El francés Claude Lelouch habría adorado filmar esta escena con aquella cámara mágica de su bellísima "La bonne année".

Lejos de Oriente Medio, en esta última cena de los inocentes no hay ningún Judas. Un nuevo Jesús judío, amable y sonriente, la preside como garantía de una felicidad cercana que los dos refugiados palestinos podrían alcanzar algún día. Si tienen surte, claro.

Trailer en Español

*Escritor y periodista francés, residente en España

2010-03-10 07:22:21

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