2010 · 11 · 16 • Ricardo Mir de Francia, El Periódico de Catalunya

Segregación en Israel: el caso de la familia Kaadan

Katzir es una pequeña comunidad judía del Wadi Ara, una región del llamado Triángulo Árabe del norte de Israel. Pocos sabían de ella hasta que en 1995 la familia Kaadan, un matrimonio árabe de clase media, quiso trasladarse al pueblo ante la escasez crónica de vivienda que sufre su comunidad.

Solicitud denegada. La tierra, les dijeron, pertenece al Fondo Nacional Judío, un organismo semiestatal cuyos estatutos prohiben arrendar o vender tierras a los no judíos. Los Kaadan perseveraron y el Tribunal Supremo falló a su favor, pero al volver a Katzir fueron de nuevo rechazados. «No encajáis en el carácter del pueblo», les dijeron.

En el 2007, tras 12 años de pleitos y una nueva sentencia del Supremo, los Kaadan acabaron siendo aceptados en Katzir. Su victoria se convirtió en un símbolo de la lucha contra la discriminación étnica en Israel, aunque exigua y pasajera.

Anulados por ley

El mes pasado, un comité parlamentario tramitó una ley que anula los derechos conquistados por el caso Kaadan, autorizando a los pueblos de menos de 500 familias a rechazar a los potenciales vecinos que desentonen con el perfil de la comunidad, una forma educada de vetar al 20% de población árabe.

Israel lleva décadas tratando de judaizar el Triángulo Árabe y el sureño Negev y, paralelamente, constriñendo a los árabes. Desde 1948 no ha construido un solo pueblo para ellos. Ya antes de la nueva ley, algunas localidades judías de estas regiones tenían sus criterios profilácticos. En Migdav se exige «ser sionista» y «respetar las fiestas judías»; en Kfar Akhim, estar casado por el rabinato. «Es difícil resistirse a la conclusión de que el propósito de la ley es preservar la pureza judía», escribió Haaretz en su editorial.

La iniciativa está lejos de ser un fenómeno aislado «La segregación está en el ADN del sionismo, reducido a una estrecha interpretación nacionalista y religiosa», opina la escritora y periodista israelí Ofra Yeshua Lyth. Para ilustrarlo pone como ejemplo los kibbutz, la más universal de las utopías sionistas. El primer árabe musulmán no fue aceptado hasta 2008, 98 años después de la fundación del primer kibbutz, Degania.

«Aunque la mayoría de israelís se definen como laicos, el rechazo a la asimilación se mama desde la escuela. A los niños se les enseña a no mezclarse con los no judíos. La asimilación es sinónimo de desastre», añade Yeshua Lyth. No solo son los políticos quienes la promueven. Poco después de que el ex gran rabino de Israel, Ovadia Yosef, dijera que «los gentiles existen solo para servir a los judíos», 18 respetados rabinos de la ciudad santa de Safed pidieron a su feligresía que se abstenga de vender o alquilar casas a los árabes.

Aunque cueste creerlo, la nacionalidad israelí solo existe en el pasaporte. En los registros del Ministerio del Interior o en el DNI local cada ciudadano es definido según su religión o su etnia. Hay hasta 120 categorías o nacionalidades. La única ausente es la israelí. Plataformas cívicas como Yo soy israelí llevan años intentando acabar con esta anomalía que, en su oponión, sirve para «preservar la discriminación institucionalizada de acuerdo a líneas étnicas y religiosas».

Etnicidad excluyente

Pero no han tenido éxito. La tendencia es justo la opuesta. En lugar de promover la integradora identidad israelí, el Gobierno derechista de Binyamin Netanyahu está obsesinado con fomentar la excluyente etnicidad. Su gabinete aprobó el mes pasado una ley que, de ser ratificada por el Parlamento, obligará a los no judíos que aspiren a la naturalización a jurar lealtad a un «Estado judío y demócratico».

Pero al margen del posible componente racista de la ley, el problema es que nadie sabe qué es un Estado judío. Como escribía el columnista Gideon Levy, «no hay tres israelís que puedan ponerse de acuerdo sobre qué aspecto tiene». Entre otras cosas porque Israel carece de Constitución. ¿Hablamos de un Estado donde se respeten las costumbres y tradiciones judías; de una teocracia gobernada por las leyes del Pentateuco; o de un país donde los judíos tengan privilegios sobre las minorías?

«Es cierto que Israel es una sociedad plural donde todo el mundo tiene derecho a tener ideas distintas, pero si algo nos une es que esta tierra es nuestra, es tierra judía», asegura el viceministro de Exteriores, Danny Ayalon. Para los árabes estas leyes no hacen si no ahondar su sentimiento de alienación. «Este es un estado judío y democrático», suele decir el diputado Ahmad Tibi. «Democrático para los judíos y judío para los árabes».

Ricardo Mir de Francia, El Periódico de Catalunya