2010 · 11 · 18 • Alberto Pradilla, Diagonalperiodico.net

El muro y la frontera

El autor de El judío errado (editorial Txalaparta) colabora con DIAGONAL en el Maratón Mediático Anti-Apartheid convocado a nivel internacional. Lo hace con este artículo, en el que reflexiona sobre el carácter de la solidaridad con Palestina.

El muro se ha convertido en uno de los símbolos del apartheid que sufre el pueblo palestino. Pero también ha permitido ocultar otros, escondidos detrás de los ocho metros de hormigón. Lo que Israel quiere transmitir a través del muro es la idea de frontera, de separación entre dos pueblos que, según la retórica sionista, siempre estarán en guerra.

Ese concepto fronterizo es una de las falacias que, a base de tanto repetirlas, el Gobierno israelí ha conseguido introducir en el discurso público. Como si no existiese una ocupación militar, como si la Nakba hubiese sido un sueño, ningún palestino tuviese que vivir refugiado y no existiesen opresores y oprimidos, sino dos combatientes. Con el muro, Israel pretende, además de encerrar a los palestinos en sus guetos, recrear la ficción de dos entes enfrentados: por un lado, el Estado judío; por el otro, Palestina.

Cerca de Tulkarem, el Gobierno israelí ha levantado la carretera para que transcurra en paralelo al muro como si fuese una mediana. Por el contrario, ocho metros de hormigón hacen invisible al otro lado. Ésa es la frontera en la que quieren que creamos. La que establece Israel unilateralmente y que convierte a los palestinos en meros espectadores encerrados tras la barrera.

Por desgracia, también desde la solidaridad con Palestina nos encontramos mediatizados por este concepto de frontera. En demasiadas ocasiones, incluso quienes apoyamos los derechos históricos palestinos y exigimos que Tel Aviv cumpla con la legalidad internacional, caemos en esta trampa. Conocemos y tenemos una opinión formada sobre lo que ocurre en la sociedad palestina. Nos informamos (y juzgamos) sobre las decisiones de Al Fatah, Hamas, el FPLP [Frente Popular por la Liberación de Palestina] o la OLP [Organización para la Liberación de Palestina] desde los mismos parámetros con los que nos enfrentamos a nuestra propia realidad política. Porque sabemos los que les conviene. E, incluso, llegamos a exigir una resistencia titánica que pocos estarían dispuestos a llevar adelante en sus lugares de origen. ¿No es esto una forma de colonialismo, aunque parta desde la mejor intención? Hemos interferido en demasiadas ocasiones en el proceso de liberación nacional palestino. Y seguimos haciéndolo.

Por el contrario, dejamos a Israel al margen o lo nombramos como un genérico. Y nos olvidamos de repetir que el Estado judío es un país construido desde la colonización, que practica la segregación étnica en su interior y que desarrolla planes para que un grupo social, en este caso los judíos, mantengan su hegemonía sobre la población autóctona. Esto ocurre en los Territorios Palestinos Ocupados, sí. Pero también en el interior del propio Israel. Es imprescindible poner el foco en Israel. No para jugar a falsos pacifismos ni a ponernos en el lugar del otro, como en tantas ocasiones reclaman nuestros tics buenrrollistas. Es indispensable para comprender que la solución no va a llegar desde el interior de una sociedad cada vez más fanatizada. Pero que, por el contrario, al ser parte del problema deberá serlo de la solución. Y para empujarles a una posición que facilite una solución justa, es necesaria la presión internacional.

Esto la sociedad civil palestina ya lo tiene claro desde hace mucho tiempo. Por eso, en 2005, lanzó la campaña de Boicot, Desinversiones y Sanciones. Del mismo modo que no aceptamos una Sudáfrica para blancos, es inaceptable cualquier tipo de Estado étnico. La campaña, que ahora cumple cinco años con éxitos indiscutibles, es una herramienta imprescindible para lograr una solución que cumpla con la legalidad internacional.

Alberto Pradilla, Diagonalperiodico.net