2012 · 09 · 24 • Jos Martin*, Diario El Mundo - España

Un paseo por Chatila: La desolación persiste 30 años después de la matanza

Los habitantes del campamento beirutí malviven entre los edificios destrozados. Los palestinos refugiados no tienen ningún derecho, salvo estar allí hasta morir. Adecentaron como pudieron sus casas con planchas para volver a habitarlas

Nadie se bañaba en la pequeña piscina del hotel Commodore. A pesar del calor. Cuando cada uno volvía del trabajo, prefería darse una ducha y bajar a tomar una copa, o dos, o tres, o cuatro o las que fueran necesarias para limpiar el polvo del recuerdo acumulado en esa jornada de guerra. La noche parecía calmar los hábitos de los contendientes y entonces se podía dormir con intensidad. Pero aquel día, no. Aquella tarde Ariel Sharon había tomado El Hamra con su ejército israelí a pesar de haber firmado un pacto con Ronald Reagan que le obligaba a respetar el barrio oeste beirutí, poblado por musulmanes, y la Universidad Americana en lo alto de la colina que baja hasta el mar.

Un joven y su mercancía con las casas bombardeadas de fondo. | J.M.

Treinta años más tarde, Sharon continúa muriéndose poco a poco, como si la señora Muerte quisiera que su agonía durara un día por cada víctima de Chatila. Allí siguen viviendo refugiados palestinos con sus familias en casas adecentadas por ellos mismos con planchas metálicas, otras, simplemente dejadas como quedaron después del asalto, con sus boquetes de mortero y sus huecos de balas en las fachadas, sin paredes, sin cristales ni ventanas. Jóvenes que aún no habían nacido recorren el laberinto tirando de sus carros con la mercancía por vender, mientras que otros hacen chapuzas en el motor de los coches o en su carrocería.

Allí no se tira nada. Hay montañas de bolsas de plástico que luego utilizarán para pintar la capota sin manchar el parabrisas, cables de no se sabe qué para que funcionen como acelerador de un moto, hombres que fabrican escobas con la espiga de la mies. Estos palestinos son hábiles en el reciclado, porque no tienen ningún derecho, no pueden trabajar, ni casarse oficialmente, ni trasladarse a ningún otro lugar, ni tener la más mínima atención médica salvo la que les dan las organizaciones caritativas. Ningún derecho, salvo estar allí, morirse y quedar enterrados en el cementerio que delimita el barrio por uno de sus costados.

Mujeres, niños y ancianos

Fabricando escobas. | J.M.

En el Commodore los periodistas andaban pegados a sus radios. O hacían cola en la oficina israelí para hablar con las redacciones. El mundo aún no se había enterado. El teletipo estaba cortado, los teléfonos no funcionaban y los móviles aún no se habían inventado. El cielo, iluminado por bengalas, parecía en fiesta mayor, especialmente la zona oeste que albergaba los asentamientos de Sabra y Chatila. Arafat ya no estaba en ellos, ni tampoco sus soldados. Sólo mujeres, niños, ancianos. Sabían que ese día tenían que llegar al cercano aeropuerto las tropas extranjeras europeas y americanas que, en un eufemismo propio de la guerra, llamaban fuerzas de pacificación, ejército de interposición y otros apelativos engañosos. Pero no, no llegaron. Retrasaron su aparición, no se sabe por qué.

En una de las entradas de Chatila (la misma por la que entró este periodista en años tormentosos) hay una casa derruida de la que sólo queda algún vestigio de los muros que no sirven ni para colgar carteles de Arafat y Mahmud Abbas como los que hay por cualquier lado. Unos años más y se convertirá en resto arqueológico. Frente a ella, en un descampado que un edificio ocupaba cuando aquello era habitable, tres jóvenes ríen mientras comen fruta como si fuera el único alimento del día. Uno de ellos dice al periodista:

–"American, money, money". Los demás le gritan como reprochándole la acción. Los tres hablan al mismo tiempo. Uno de ellos, le quita al descarado chico la naranja que está comiendo, alarga el brazo y, sin acercarse demasiado para no crear desconfianza, se la ofrece al periodista. –"Sorry, sorry my friend".

Quedan pocos supervivientes de tantas guerras y conflictos. | J.M.

Nadie pide limosna en Beirut. Ni siquiera estos palestinos que nada tienen. Sus ropas están hechas toscamente a mano y sus zapatos son unas sandalias medio rotas que sirven para protegerse de las piedras, porque las calles no están asfaltadas. Sin embargo, permanecen limpias, o al menos tan limpias (o sucias) como en los barrios centrales de los drusos, maronitas o musulmanes. No se ve una rata, aunque debe haberlas bajo las piedras. Beirut no tiene gatos.

A mediados del siglo XX, la plaza de los Mártires era considerada la más hermosa de todas las del levante mediterráneo. Las palmeras ocultaban con firmeza los palacetes que bordeaban su contorno y los hombres ricos que acudían a Beirut se sentaban durante el día a tomar el té o un chocolate con pastas de miel en las terrazas mientras esperaban a que el sol cayera para ir al Casino. Pasaron treinta años y durante la guerra esta plaza formó parte de la línea verde, pasillo estrecho en tierra de nadie a cuya derecha estaban los cristianos maronitas (es decir, al norte) y a la izquierda, los palestinos y otros grupos musulmanes (hacia el oeste de la ciudad). Pocos metros los separaban. Atravesar este pasillo sólo estaba reservado para quienes pretendían suicidarse de manera rápida.

La venganza como excusa de todos

La publicidad, el comercio y la guerra van unidos. | J.M.

Dieciséis de septiembre de 1982, tres de la tarde. Las falanges maronitas recibieron la orden de Sharon de que entraran en Sabra y Chatila. Seis de la tarde, mil quinientos falangistas cristianos penetraron en el asentamiento. Treinta horas después acabó todo. Según Cruz Roja, había dos mil cuatrocientos palestinos muertos. Cuando al fin los periodistas pudieron acceder a las calles angostas, tuvieron que saltar sobre los cadáveres para no pisarlos. Mujeres, niños, ancianos. Algunos cadáveres presentaban señales de tortura. Mujeres con los dedos cortados por una cizalla, una niña con el vientre abierto por una bayoneta, una joven semidesnuda con síntomas de haber sido violada antes de matarla, un hombre mayor con las dos piernas segadas.

Para disculparse, los maronitas señalaron que era una venganza por la masacre de Damour en la que la OLP mató a quinientos cristianos para vengar a los mil quinientos palestinos que las falanges cristianas habían matado años antes en Karantina. La venganza como excusa de todos. El propio Sharon, como quien se quita la caspa de sus hombros, dijo en el congreso israelí: "Allí, unos que no son judíos han matado a otros que no son judíos. ¿Qué tenemos que ver nosotros en esto?". Sus palabras cayeron como una lluvia ácida sobre los imperturbables diputados. De este modo ellos bajaron el telón.

Esa calle de Chatila en la que sólo cabe un carro es la misma que el periodista recorrió hace años. El pañuelo que tapaba la nariz de los que por allí deambulaban sin creer lo que estaban viendo servía para sosegar el olor a muerte acumulada mientras las moscas verdes zumbaban celebrando el banquete. Poco ha cambiado Chatila desde de su destrucción. Las moscas se fueron cuando se acabó el olor. Falta la señora Muerte y su lugar ha sido ocupado por su amiga la señora Vida. Y nada más. Los que viven allá quieren volver a Palestina, olvidar esta anciana ratonera y, después de treinta años, cerrar definitivamente la función.

* Jos Martín es viajero y escritor

Jos Martin*, Diario El Mundo - España