2014 · 01 · 14 • Reinaldo Spitaletta, Elespectador.com

Ariel Sharon y un genocidio

Hace un poco más de treinta años, ocurrió en el Líbano la masacre de Sabra y Chatila, en la que murieron cerca de tres mil quinientos palestinos refugiados, muchos de ellos niños y ancianos.

El hecho fue calificado por la ONU como un genocidio. La aviación israelí iluminó a los verdugos el camino de los campamentos. Después de la carnicería, el primer ministro de Israel, Menahen Begin, dijo: “En Chatila, en Sabra, unos no judíos han masacrado a unos no judíos, ¿en qué nos concierne eso a nosotros?”.

Por su parte, el entonces ministro de Defensa de Israel, Ariel Sharon, había declarado que en aquellos campamentos se habían quedado “dos mil terroristas”. Unos días antes, el presidente libanés Bashir Gemayel fue asesinado por sus aliados israelíes para justificar la invasión y el aniquilamiento de la resistencia palestina que pudiera quedar allí. Ya los fedayines de la Organización para la Liberación de Palestina se habían ido a Jordania.

Aquel crimen de guerra, ocurrido en la noche del 18 de septiembre de 1982, del cual se acusó a Israel por omisiones y complicidades, recayó igual sobre Begin y sobre el recién fallecido Ariel Sharon. La masacre provocó en Israel una ola de indignación popular, con una manifestación de cuatrocientas mil personas que repudiaron el hecho.

Ariel Sharon, que estuvo siete años en estado de coma, fue un soldado que después abrazó la política. Considerado un héroe de Israel, era hijo de inmigrantes bielorrusos. Nació con el apellido Scheinermann, que se cambió por el hebreo de Sharon, según la directriz establecida por David Ben Gurion, fundador del estado de Israel, de cambiar los “humillantes apellidos de origen alemán o eslavo de la diáspora” por otros apegados a los imaginarios y cultura israelí, para efectos de identidad.

Sharon participó en las batallas para crear el estado de Israel en 1948 y es ahí, en plena juventud, cuando inicia su formación militar, que después, en las guerras de 1956 y de 1967 y 1973, contra Egipto, lo catapultarían como un estratega brillante y audaz. Como miliciano, dicen, fue un tipo temerario, que más tarde, de un modo pragmático y frío, se dedicaría a la política. Sus primeros reveses comenzarían a partir de 1982, con la invasión al Líbano.

Y mientras hoy muchos de sus paisanos lo lloran como un héroe (aunque para otros, fue un “halcón” que se transmutó en “paloma”), para los palestinos no fue más que un criminal de guerra. En efecto, una investigación oficial de su país demostró que si bien Sharon no tuvo “responsabilidad directa” en el genocidio de Sabra y Chatila, sí pudo haberlo impedido. De ahí su renuncia como ministro de Defensa, en 1983.

La muerte del granjero, soldado y político, que también fue primer ministro de Israel, fue recibida por los palestinos con “extrema felicidad”, porque, según Hamás, este “criminal tenía las manos manchadas con la sangre de nuestro pueblo y la sangre de nuestros líderes”. Y como es lógico “Sharon, como cualquier otro líder israelí que cometió atrocidades contra el pueblo palestino, no deja ninguna simpatía o compasión en el corazón de los palestinos”.

Sharon, ese tipo que, según algunos de sus compatriotas, “parecía un elefante en un almacén de cerámicas”, parece no haber podido “digerir” su posición cómplice en la masacre de los campamentos libaneses. Hizo el rol de Pilatos. Se lavó las manos, mientras la falange cristiana entraba en Sabra y Chatila para ejecutar civiles palestinos.

En la Franja de Gaza, donde precisamente Sharon retiró a los israelíes en 2006 como una suerte de gesto de paz, los palestinos quemaron fotos suyas en abiertas manifestaciones de rechazo a su memoria y como muestra de regocijo por la muerte del que siempre consideraron un verdugo.

La trayectoria política de Sharon demuestra, como en otros casos históricos, las miserias del poder. Su memoria siempre estará ligada a un crimen de lesa humanidad. Y como lo advirtió la Comisión Kahan que investigó los hechos, “al señor Sharon se le considera responsable de ignorar el peligro del derrame de sangre y la venganza cuando aprobó la entrada de los falangistas en los campos”. A la larga, su recuerdo causará más desprecio que rencor. 

Reinaldo Spitaletta, Elespectador.com