2014 · 11 · 15 • Fuente: Luca Pistone, Notimex

A Sabra y Chatila, donde se sueña en Palestina

Los palestinos de Sabra y Chatila, casi todos pertenecientes a la gran ola de refugiados de 1948-1949, ven el debate sobre el reconocimiento del Estado con el desencanto de los que siempre son víctimas.

Viajé a las puertas de Beirut, donde entre el 16 y el 18 de septiembre de 1982 se perpetró la Masacre de Sabra y Chatila a manos de las milicias cristianas libanesas en una zona controlada por los israelíes.

En esos días, en el oeste de Beirut, las milicias cristiano-falangistas (una formación política cristiano-nacionalista que se enfrentaba a la alianza entre los palestinos y las milicias musulmanas de izquierda) llevaron a cabo la matanza de cerca de dos mil personas entre hombres, mujeres y niños -no sólo palestinos- con el probable apoyo del ejército israelí, que controlaba la zona desde que, con la denominada operación Paz en Galilea, invadió el Líbano, el 6 de agosto de 1982.

La madrugada del sábado 18 de septiembre los falangistas se retiraron, y cuando los periodistas extranjeros y la Cruz Roja consiguieron entrar el panorama que se encontraron era desolador.

Es como si el tiempo se hubiera detenido. Obviamente, ya no se siente el hedor de los cadáveres en descomposición en las estrechas calles inundadas de barro. Y ya no existen los puestos de control israelíes o falangistas en la entrada del campo. Pero sí han quedado los esqueletos de los edificios bombardeados, que dan fe, como monstruos prehistóricos, de la miseria y las sórdidas casas en las que viven abarrotados, ahora como entonces, unos 18mil refugiados.

No entra ni siquiera un rayo de luz por culpa de la falta total de planificación urbanística. Las viviendas se están construyendo hacia arriba: bloques de cemento, unos encima de otros, que parece que se irán a derrumbar en cualquier momento.

Es muy difícil imaginar un sitio más remoto que el Estado palestino, a veces evocado como una salvación y otras demonizado como una ruina, del cual a menudo se habla en el Palacio de Cristal, la sede de las Naciones Unidas.

Los palestinos de Sabra y Chatila, casi todos pertenecientes a la gran ola de refugiados de 1948-1949, ven el debate sobre el reconocimiento del Estado con el desencanto de los que siempre son víctimas.

Barack Obama, quien en varias ocasiones ha dedicado buenas palabras a la causa palestina, tiene poco crédito aquí. "No nos sentimos ni engañados ni traicionados porque no hemos creído nunca en Obama", dice Khaled, de 66 años, uno de los miembros del Comité Popular del Campo, la última retaguardia de una burocracia de la diáspora palestina destinada a desaparecer.

No son muy distintos los sentimientos por el presidente palestino, Mahmoud Abbas, quien también aquí, para todo el mundo, es Abu Mazen. Pero en las demandas más recientes e insistentes para el reconocimiento de un Estado Palestino que se han llevado a las Naciones Unidas, el cauteloso Abbas ha gustado.

"Actuando así, Abu Mazen mantiene la atención sobre el problema palestino", asegura Younis, de 70 años, quien escapó por poco de la masacre de 1982.

Pero ¿por qué es tan importante para los refugiados palestinos un Estado tan solo proclamado, un Estado con nombre pero sin las herramientas esenciales de un verdadero Estado?

"En primer lugar, si tuviésemos el reconocimiento seríamos por fin ciudadanos, y no nómadas como hace más de 60 años. En segundo lugar, porque si consiguiésemos el reconocimiento seríamos un país ocupado, y eso sería un gran problema para Israel. En tercer lugar, los prisioneros nuestros que están en las cárceles israelíes podrían recurrir a la Corte Internacional de Justicia de La Haya, otro gran problema para Israel. En cuarto lugar, como refugiados podríamos pedir al gobierno de nuestro Estado que queremos volver, y nuestro Estado tendría que negociar nuestra demanda con Israel", sigue Younis.

Y está claro lo que quiere decir Younis cuando habla de derecho al retorno: "Cuando digo derecho al retorno quiero decir retorno a la casa de donde mi familia tuvo que huir, no retorno a la tierra. Nací en Jaffa, era un niño cuando llegamos a Beirut, y quiero volver a Jaffa". Es una ciudad que, en este tiempo, se ha convertido en israelí.

Un fracaso de las negociaciones sería catastrófico. "La alternativa -interviene un chico joven que prefiere no identificarse- es la Tercera Intifada (en árabe significa revuelta; este término ha pasado a ser de uso común para designar las revueltas árabes que tienen como objetivo poner fin a la presencia israelí en Palestina)".

No está dicho que esta referencia a la guerra refleje el estado de ánimo de toda la gente del campo, donde incluso los temas más mundanos de la supervivencia absorben la mayor parte del día. La pobreza es intensa; las alcantarillas explotan con las primeras lluvias de la temporada e inundan las calles de un fango negro; hay luz eléctrica sólo durante seis horas al día y sólo hay acceso a agua salada.

En la única clínica de la UNRWA (la Agencia de la Organización de las Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos) de Sabra y Chatila solo hay un médico, que está ahí desde la mañana hasta la tarde y visita hasta cien pacientes por día.

Las enfermedades que trata más a menudo son la talasemia (un tipo de anemia hereditaria), trastornos intestinales graves causados por el consumo de agua salada y alergias provocadas por la humedad que hay debido al poco sol que llega al laberinto de callejones.

Leena ha llevado a la antesala del pequeño y abarrotado ambulatorio a dos de sus seis hijos para que los vea el médico: teme que tengan paperas. Los niños tendrían que ser aislados de sus hermanos, pero se ven obligados a regresar a casa. No hay otra solución. Leena dice: “No sé si algún día existirá un Estado palestino, pero cualquier cosa será mejor que este infierno”.

Fuente: Luca Pistone, Notimex