2008 · 04 · 17 • Juan Miguel Muñoz, El País (España)

Entrevista a Gaby Lasky:

Viven en Israel un puñado de mujeres y hombres que, sin renunciar al sionismo que les impulsó a emigrar, pregonan su desencanto y sufren el desprecio de la mayoría. Poco les preocupa. Están convencidos de que el país de sus sueños marcha por mal camino. Con 41 años, Gaby Lasky pertenece a esta exigua minoría que osa alzar la voz contra la doctrina oficial. "Israel es cada día más extremista y acepta menos al diferente. Sé que hay mucha gente que nos considera traidores".

Viven en Israel un puñado de mujeres y hombres que, sin renunciar al sionismo que les impulsó a emigrar, pregonan su desencanto y sufren el desprecio de la mayoría. Poco les preocupa. Están convencidos de que el país de sus sueños marcha por mal camino. Con 41 años, Gaby Lasky pertenece a esta exigua minoría que osa alzar la voz contra la doctrina oficial. Aunque se tope con un muro que sabe no derribará. "Israel es cada día más extremista y acepta menos al diferente. Sé que hay mucha gente que nos considera traidores". Fundadora del despacho de abogadas Benatan-Lasky, lamenta que ni con su familia puede hablar de política. "Las socias somos sólo mujeres que nos dedicamos a defender los derechos humanos. Representamos a palestinos en los tribunales militares israelíes".

La mexicana-israelí cree que no hay esperanzas de cambio en Israel

Israel es la Tierra en miniatura. Y el mercado Mahane Yehuda de Jerusalén, un microcosmos en el que se pueden escuchar decenas de lenguas. Lasky habla español con acento inconfundible: "Soy chilanga". O sea, nacida en la Ciudad de México. Pero como comer tacos en la ciudad santa es misión complicada, escoge el restaurante Rachmo -popular, precios asequibles, y en el que no se admiten propinas- para almorzar junto al bazar. Los fogones, alimentados con queroseno, funcionan para disfrute de una clientela que engulle recetas especiadas de Oriente Próximo.

"Prueba el kube. Es excelente", sugiere Lasky señalando una suerte de albóndigas bañadas en sopa. "Sobre el humus de este restaurante se han escrito canciones", añade, y sonríe cuando se le recuerda que judíos y árabes se pelean, también, por la paternidad de este plato.

Lasky no pelea sobre el origen del humus. Se empecina en luchar contra otra corriente. "Cambiar la política de Israel es imposible", asegura esta sionista por convicción y familia. Una ex oficial del Ejército que había recalado en Jerusalén en 1982 siendo quinceañera. "Me di cuenta de que sólo se difunde la narrativa judía antes y después del Holocausto. El pueblo judío tiene derecho a un Estado, pero no a privar a otros del suyo", comenta antes de explayarse en los atropellos que padecen sus clientes.

"No me pongo la venda", dice mientras termina su kube. "Lo hago para que Israel resuelva problemas medioambientales, sociales y de igualdad de la mujer. Esto no es una democracia. No puede haber democracia y ocupación al mismo tiempo", explica desencantada. "La clase política dice que quiere la paz. No les creo. La solución es simple, y si no hemos llegado a ella es porque Israel no quiere. Creo que un levantamiento popular no violento es el camino para los palestinos...". Hay que frenarla. Vive los entresijos de una sociedad de complejidad extraordinaria. Y se revuelve contra la institución por antonomasia de Israel.

"Estamos permitiendo que el Ejército cree los mitos de la sociedad civil, formando una sociedad militarista incapaz de comprender los derechos humanos, porque siempre prevalece la seguridad". Lasky no desistirá. Le queda una esperanza: "He comprendido por mi trabajo que si hablaran todas las personas buenas que callan, se podrían cambiar muchas cosas".

Juan Miguel Muñoz, El País (España)