2022 · 03 · 10

La guerra Rusia-Ucrania: lucha global por el poder, ideologías e intereses domésticos

Estados Unidos, al armar y entrenar a las fuerzas ucranianas durante estos últimos 7 u 8 años, básicamente lo que hizo fue convertir a Ucrania en un miembro de facto de la OTAN. Y esto último nos remite a la tercera razón: el objetivo geopolítico más amplio de Estados Unidos de expandir la OTAN hasta la frontera con Rusia, un objetivo que, de hecho, va en contra de las promesas hechas por Washington a Moscú desde inicios de la década de 1990.

Rafat Ghotme Ghotme[i]

La premisa central de trabajo de este artículo es sencilla: Estados Unidos es el principal responsable –aunque no el único- de la crisis en torno a Ucrania y del posterior estallido del conflicto violento entre este país y Rusia.

Estados Unidos es el principal responsable de esta crisis por tres razones. En primer lugar, por apoyar en el 2014 el derrocamiento violento del gobierno electo de Ucrania. Es cierto que el entonces presidente ucraniano, Viktor Yanukovych, era reconocido como un político clientelista y corrupto, por su marcada debilidad como hombre de Estado y por perpetuar políticas que favorecían a los “oligarcas” y debilitaban la ya de por sí debilitada economía ucraniana. En noviembre de 2013 estallaron una serie de protestas en su contra con ese telón de fondo; la chispa sería el rechazo de Yanukovych a los términos impuestos por la Unión Europea para un acuerdo de asociación y un crédito vejatorio para las finanzas y el desarrollo de Ucrania. A pesar de todo ello, Yanukovych había sido elegido democráticamente en una elección avalada por observadores internacionales, quienes concluyeron que esta había sido una contienda libre y justa; su gobierno debía terminar en 2016, pero las protestas desembocaron en un golpe de Estado en febrero de 2014, en el que la participación de Estados Unidos fue crucial.

Que Estados Unidos hubiese apoyado públicamente las demandas de los manifestantes implicaba no solo forzar a Yanukovych a que aprobara el acuerdo con la Unión Europea, sino legitimar la destitución del presidente en caso de que este no accediera. Vale la pena recordar que Estados Unidos venía financiando desde hacía una década los movimientos “democráticos” en Ucrania, y que al momento de estallar las protestas el entonces senador John McCain visitó Kiev para mostrar su solidaridad con los manifestantes. McCain también tuvo una cena con diversos líderes de la oposición, como Oleg Tyagnibok, del ultraderechista Partido Svoboda.

Sin embargo, la mejor prueba de la intromisión de Estados Unidos en el golpe contra Yanukovych fue revelada por la inteligencia rusa al filtrar una llamada telefónica de la subsecretaria de Estado para Asuntos Europeos y Eurasiáticos, Victoria Nuland, con el embajador de Estados Unidos en Ucrania, Geoffey Pyatt. Esa conversación no solo revelaba detalles de las preferencias estadounidenses para un gobierno posterior a Yanukovych, o de la aversión a la salida política auspiciada por Francia, Alemania y Rusia dirigida a dar paso a una transición pacífica y gradual; en realidad, esa conversación mostró que la conducta de Washington “bordeó la microgestión”[ii], mostrando su preferencia por el líder de la oposición Arseniy Yatsenyuk, quien en efecto sería elegido como primer ministro de Ucrania tras la consumación del golpe.

El golpe de Estado patrocinado y legitimado de forma instantánea por Estados Unidos fue de hecho “calculado para poner a Rusia en una posición imposible”[iii]. Estados Unidos y sus aliados eran conscientes del dilema ruso. Si, por un lado, Rusia no hacía nada, Ucrania ingresaría a la OTAN, en la frontera rusa, lo que a su vez haría perder al Kremlin una importante base naval en Crimea, que seguramente caería bajo control de la OTAN. Estos escenarios, de hecho, son los verdaderos demonios del presidente Putin. Por otro lado, Rusia tendría que actuar, respondiendo al golpe de Estado con una invasión o una guerra con Ucrania. En el 2014, el presidente Putin escogió una salida intermedia: anexó Crimea y apoyó a los rebeldes pro-rusos de Lugansk y Donestsk en el este de Ucrania, rechazando cualquier iniciativa de éstos tendientes a una separación de Ucrania o una anexión a Rusia. De hecho, el presidente Putin presionó por una salida negociada, en el marco de lo que después se llamaría el acuerdo de Minsk-Normandía de 2015[iv].

Ucrania, gobernada por unos líderes corruptos que a la postre serían destituidos, entró en una guerra civil con los “separatistas” del este del país. Sin embargo, el ejército ucraniano no estaba preparado ni quería participar en esa guerra, por lo que prefirió dar paso a unidades de “Guardia Nacional” para asaltar los espacios dominados por los separatistas de Lugansk y Dontesk. Entre estos batallones vale la pena mencionar al Batallón Azov, conformado sobre todo por milicias ultra-nacionalistas provenientes del llamado Sector Derecho, que exhibe abiertamente símbolos neonazis y que además recibe armas y entrenamiento de los Estados Unidos[v].

Este último aspecto nos lleva a la segunda razón. Estados Unidos, al armar y entrenar a las fuerzas ucranianas durante estos últimos 7 u 8 años, básicamente lo que hizo fue convertir a Ucrania en un miembro de facto de la OTAN. Y esto último nos remite a la tercera razón: el objetivo geopolítico más amplio de Estados Unidos de expandir la OTAN hasta la frontera con Rusia, un objetivo que, de hecho, va en contra de las promesas hechas por Washington a Moscú desde inicios de la década de 1990.

Estados Unidos le ha entregado a Ucrania 2.700 millones de dólares en ayuda militar desde 2014, incluidos 650 millones de dólares en el primer año del gobierno Biden, así como el envío de entrenadores militares estadounidenses y de la OTAN (ver la Gráfica). Esta ayuda fue la que incentivó al gobierno ucraniano, bajo la presidencia de Zelensky, a emprender una ofensiva militar en marzo de 2021 para recuperar los territorios bajo control de los rebeldes separatistas. Esta movida trastocaba el statu quo y la distribución de fuerzas en el terreno: al escalar la guerra civil, que básicamente estaba paralizada en medio de frágiles ceses al fuego, el apoyo militar otorgado a Ucrania por Estados Unidos y los aliados de la OTAN llevaron al gobierno de Kiev a abandonar la puesta en marcha del acuerdo de Minsk y recuperar su soberanía a la fuerza en el este del país[vi].

Asistencia en seguridad de Estados Unidos a Ucrania, 2010-2020

Gráfica tomada de  Elias Yousif, “U.S. Military Assistance to Ukraine”, The Stimson Center, January 26, 2022: https://www.stimson.org/2022/u-s-military-assistance-to-ukraine/

Estos pasos aumentaron la desconfianza rusa y, por tanto, el temor a ver socavado su interés vital de seguridad (ver más adelante); tanto las protestas como los temores rusos venían de hecho acumulados desde décadas atrás, cuando la OTAN comenzó a expandirse hacia el este en los años 1990. Poco sirvieron estas protestas, pero a pesar de un breve interludio de resignación, los funcionarios del Kremlin y los principales asesores de política exterior de ese país establecieron una línea roja que Occidente sabía que no podía atravesar: la inclusión de Georgia, Bielorrusia y Ucrania se constituiría en un acto hostil dirigido a rodear y debilitar a Rusia, un escenario que ni siquiera los más acendrados liberales rusos estaban dispuestos a tolerar (ver mapa)[vii].

En ese contexto, el presidente Putin presentó una serie de demandas de seguridad al presidente Biden en diciembre de 2021 (ver la última sección), pero el gobierno de Estados Unidos las rechazó. Y este rechazo, de hecho, se hizo en medio de una amenaza de invasión reportada por los servicios de inteligencia estadounidenses[viii]. Esta es la última prueba de que la Casa Blanca no estaba dispuesta a ceder incluso sabiendo que ese podía ser el resultado; todo lo contrario, el gobierno de Estados Unidos estaba dispuesto a afrontar una crisis prolongada y a asumir los costos que esta conllevaba[ix].

Tomado de: The Guardian, January 12, 2022: https://www.theguardian.com/world/2022/jan/12/russias-belief-in-nato-betrayal-and-why-it-matters-today

Nota: la OTAN ha incorporado 14 nuevos miembros desde el fin de la guerra fría.

Los intereses de Estados Unidos: entre la hegemonía y las presiones domésticas

Estados Unidos, para resumir lo dicho hasta ahora, emprendió una estrategia clásica de “iniciación de crisis” y “coerción sin guerra”. Estas herramientas de política exterior encajan en lo que tradicionalmente se conoce como guerra fría o crisis prolongadas[x].

¿Qué es lo que motivó a Estados Unidos a adoptar esta estrategia? Ucrania, a decir verdad, no tiene una importancia estratégica vital para Estados Unidos, pero el gobierno de Estados Unidos le otorgó esa importancia por razones que solo se pueden comprender si enmarcamos la política estadounidense en una compleja combinación de tres variables sistémicas y domésticas. Esa lógica se puede resumir de la siguiente manera: incluir a Ucrania en la OTAN y en general en la llamada comunidad trasatlántica obedece al afán de Estados Unidos de expandir el orden liberal a toda Europa en una posición hegemónica. Este factor ideológico se enmarca en lo que se conoce como liberalismo wilsoniano, un tipo de internacionalismo liberal agresivo e intolerante con todo aquello que no sea liberal y que no se adapte a la estructura política y económica del orden internacional promovido por Estados Unidos[xi]. El hecho de que el presidente Biden –y en menor medida Trump- no hubiese reconocido las legítimas preocupaciones de seguridad de Rusia no hace sino reforzar esta mentalidad de guerra fría de las distintas administraciones estadounidenses, una mentalidad que además viene acompañada de una sutil dosis de racismo eurocentrista y rusofóbico. En segundo lugar, la estrategia coercitiva emprendida por Estados Unidos también se nutre de ciertas presiones domésticas: los intereses políticos y económicos del gobierno federal –desviar la atención de los problemas internos, reducir el déficit comercial y la creación de empleos en el sector energético-, así como de la industria energética que busca expandir sus mercados.

En tercer lugar, es probable que Estados Unidos haya creado esta crisis no con la intención real de incluir a Ucrania en la OTAN, pues a fin de cuentas la Casa Blanca es consciente de la imposibilidad de incluir a un nuevo miembro en la alianza mientras este se encuentre en situación de inestabilidad, caos o violencia. Sin embargo, incluso sí aceptamos que la intención real de Estados Unidos era incorporar a Ucrania en la OTAN, la lógica sigue siendo la misma. En ese sentido, Estados Unidos no solo inició esta crisis con el fin ampliar su hegemonía en la región, sino, sobre todo, para eliminar, subordinar o relegar a la propia Rusia a una posición marginal, ni siquiera para incorporarlo como miembro de la alianza necesariamente, sino como un Estado secundario y debilitado de Eurasia.

Desde el punto de vista sistémico, que es el punto de partida más apropiado, tanto la política exterior propiamente dicha, así como la estrategia adoptada –iniciación de crisis y coerción sin guerra-, son producto de la posición de poder de Estados Unidos en el sistema internacional: una potencia hegemónica que teme el declive relativo de su poder y control en Europa o, lo que es lo mismo, el temor al ascenso de Rusia como potencia competidora de Estados Unidos en ese mismo continente.

Si usamos la definición realista de hegemonía –un Estado con capacidades superiores y que además tiene la habilidad para usar esas capacidades con el fin de subordinar, subyugar o eliminar a sus rivales[xii]-, y si se acepta que Estados Unidos es una hegemonía en ese sentido, entonces lo que encontramos es la siguiente relación: Estados Unidos inicia una crisis –y no una guerra- porque, aparte de reconocer que una guerra con Rusia es infructuosa, su posición de poder militar y autoridad en Europa aún no están amenazados por esta potencia. Sin embargo, la posición de Estados Unidos podría estar amenazada si permite que Rusia aproveche sus recursos potenciales para transformarlos en riqueza económica y esta, a su vez, en un instrumento de coerción y modernización de sus capacidades militares; por tanto, una guerra en este momento no es vista como una opción estratégica necesaria en Estados Unidos, pero debido a que Rusia es una potencia soberanista, los estrategas estadounidenses consideran que la creación de una crisis es deseable precisamente para evitar que Rusia ascienda económica y militarmente[xiii].

El recurso potencial en cuestión con el que cuenta Rusia es el gas. De hecho, casi todo se trata del gas. El proyecto Nord Stream 2, una apuesta rusa que busca convertir a ese país en el principal proveedor de gas en Europa –especialmente en Alemania-, es visto por Estados Unidos como una herramienta política de presión por parte de Rusia. Como dice abiertamente la Ley de Seguridad Energética de Protección de Europa (PEESA) emitida por el Congreso de Estados Unidos: el presidente puede poner fin a las sanciones si la Administración certifica al Congreso “que se han establecido las salvaguardas apropiadas” para minimizar la capacidad de Rusia de utilizar el proyecto de oleoducto sancionado “como una herramienta de coerción e influencia política”[xiv]. Esta lógica incluso se puede ampliar: el temor al ascenso ruso está acompañado por la amenaza del ascenso chino, esta última una tendencia que refleja de forma directa y real el declive del poder hegemónico de Estados Unidos en Eurasia. Tanto Rusia como China, con intereses comunes y con sociedades estratégicas cada vez más parecidas a una alianza formal, pueden dar paso a un bloque de poder hegemónico en Eurasia tomando como base sus diversas apuestas geopolíticas y geoeconómicas (desde las redes energéticas rusas hasta la Ruta de la Seda emprendida por China)[xv].

Sin embargo, las sanciones de Estados Unidos no solo se basan en estas consideraciones geopolíticas dirigidas a reducir la dependencia europea de las importaciones energéticas rusas; también hay que tomar en cuenta las preocupaciones internas. Después de iniciada la guerra entre Rusia y Ucrania, la Secretaria de Prensa de Estados Unidos, Jen Psaki, lo reconoció de una forma inusualmente transparente:

…hemos estado tomando medidas para degradar el estatus de Rusia como proveedor líder de energía a lo largo del tiempo. Eso incluye, por supuesto, apagar Nord Stream 2 o evitar que Nord Stream 2 funcione. Es por eso que estamos enviando GNL a Europa para ayudar a acelerar su diversificación del gas ruso. Y creo que también ha visto a los líderes europeos hablar sobre la necesidad de reducir su dependencia y diversificarse[xvi].

No es muy difícil inferir que cuando el gobierno de Estados Unidos dice que está “enviando GNL (gas natural licuado) a Europa para ayudar a acelerar su diversificación del gas ruso”, lo que están queriendo decir con “diversificación” es básicamente que buscan abrir y expandir el mercado para las compañías estadounidenses[xvii].

Las sanciones más duras que siguieron a la “invasión” rusa, de hecho, centradas en la suspensión del Nord Stream 2 y la prohibición de la compra de petróleo y gas rusos por parte de Estados Unidos y Gran Bretaña, se implementaron en el marco de la tensión en las relaciones transatlánticas, especialmente entre Alemania y Estados Unidos. El gobierno estadounidense presionó y chantajeó a los alemanes –quien depende ampliamente del gas ruso- para que Berlín hiciera lo que Washington quería, favoreciendo al mismo tiempo el enfoque ucraniano y polaco, quienes presionaban por una política anti-rusa más radical; el comercio alemán de exportación sufrió tras las sanciones impuestas a Rusia en 2014: las exportaciones de Alemania disminuyeron un 34% al año siguiente, mientras que diversas empresas tuvieron que cancelar sus contratos con las compañías rusas[xviii].

Este tipo de sumisión de la Unión Europea a Estados Unidos en la actual coyuntura no solo va a profundizar el daño a sus economías respectivas, sino que restringirá una vez más su independencia para adoptar una política exterior unificada en términos energéticos y de liderazgo para mediar en la crisis entre Ucrania y Rusia. Estados Unidos, en ese sentido, se aprovecha de sus viejas herramientas hegemónicas -el poder del dólar estadounidense, la provisión de seguridad-, para decidir con qué países y entidades los alemanes y demás europeos hacen negocios[xix]. Desde que se agudizó la crisis en Ucrania en el 2021, y hasta los días previos a la “invasión”, la diplomacia alemana reflejó impotencia y una histórica sumisión de sus intereses energéticos a los intereses de Estados Unidos[xx]. La última decisión de Estados Unidos, consistente en prohibir la importación de gas y petróleo rusos, si bien no arrastraba consigo a Alemania y otros aliados europeos, sí tendrá en todo caso un impacto inflacionario en los consumidores europeos debido al alza en los precios de los combustibles[xxi].  

La crisis provocada por Estados Unidos, además de estar impulsada por el temor al futuro ascenso ruso en Europa y las necesidades internas señaladas, también es una estrategia permeada por una abierta tendencia rusofóbica y de mentalidad de guerra fría[xxii]. Estados Unidos, como cualquier otra potencia, pudo haber elegido un camino intermedio entre la cooperación y el conflicto con Rusia –y China-, y “acomodar” sus intereses a los de estas potencias en una posición de equilibrio en lugar de expandir su hegemonía fomentando la inestabilidad en Eurasia. La mejor prueba de ello es que incluso en la primera ronda de sanciones impuestas en el 2014, el gobierno ruso siguió suministrando gas a Alemania y al resto de Europa, sin haber tomado represalias; del mismo modo, la anexión de Crimea no impidió que el gobierno alemán impusiera algunas sanciones a Rusia, y que en efecto este país le siguiera suministrando gas[xxiii].

En resumen, esta crisis fue ideada por el gobierno de Estados Unidos como una política parcialmente estratégica: al mantener el estado de tensión, al demonizar a Putin con su acostumbrada retórica rusofóbica, al romper violentamente los lazos económicos y energéticos de la Unión Europea con Rusia, e incluso al debilitar la economía europea provocando una crisis inflacionaria en los precios de los combustibles, Estados Unidos impuso sus intereses y obligó a sus aliados menores a subordinarse a sus designios hegemónicos anti-rusos.

Los intereses rusos

Si Ucrania no representa un interés vital para Estados Unidos, en cambio, sí lo representa para Rusia.

Independientemente de los antecedentes criminales del presidente Putin en Chechenia, de la anexión ilegal de Crimea y el reconocimiento –también ilegal- de las repúblicas separatistas de Lugansk y Dontesk, e incluso de la agresión que está llevando a cabo actualmente contra Ucrania violando diversos tipos de disposiciones del Derecho Internacional[xxiv], la política rusa en torno a Ucrania (una política que va más allá de Putin), tiene una lógica realista muy aguda en torno a los intereses vitales rusos. Rusia tiene dos intereses: la exclusión de alianzas militares hostiles en su periferia inmediata, y la protección de los derechos políticos y culturales de las minorías rusas fuera de su territorio. Las demandas rusas no son nada extrañas. Y si bien estas acciones son abiertamente imperialistas, estas no se deben a un innato arrebato agresivo putiniano ni a un gran plan maligno diseñado con antelación para destruir el orden internacional o perturbar el orden de seguridad en Europa[xxv].

Específicamente, ¿a qué le teme Rusia? En primer lugar, al establecimiento de bases militares, de inteligencia militar y misiles de medio o corto alcance con capacidad nuclear en su frontera, capaz de proyectar su poder rápidamente a territorio ruso o contener el poder militar de este país en caso de una guerra. En segundo lugar, Rusia teme que la OTAN actúe como una “tapadera” para un programa de nacionalismo étnico ucraniano respaldado por el Estado, dirigido a destruir la cultura y el idioma ruso en Ucrania. Estos temores aumentaron por lo acontecido en Estonia y Letonia, donde después de la independencia los gobiernos nacionales rompieron sus promesas anteriores a Rusia de respetar los derechos políticos, educativos y lingüísticos de las minorías rusas[xxvi].

En el marco de la crisis en Ucrania (ver la primera sección más arriba), el gobierno ruso no solo exigió el cumplimiento del Acuerdo de Minsk –para satisfacer su interés como potencia protectora de las minorías rusas-, sino que solicitó un alto formal a la ampliación de la OTAN hacia el este, detener de forma permanente la expansión de la infraestructura militar de esa alianza (como bases y sistemas de armas) en el antiguo territorio soviético, el fin de la asistencia militar occidental a Ucrania y la prohibición de misiles de alcance intermedio en Europa[xxvii].

Estados Unidos, como se mostró anteriormente, rechazó esas demandas. Para el presidente Putin, esa decisión representaba el peor escenario posible: en Ucrania, un territorio adyacente a Rusia, se estaba constituyendo una alianza anti-rusa “hostil hacia nosotros”, “colonizada intensamente por las fuerzas armadas de los países de la OTAN”. Con una amenaza de este tipo “para la existencia misma de nuestro Estado, su soberanía”[xxviii], el presidente Putin ordenó la movilización del ejército desde la frontera ucraniana y desde el territorio de su aliado Bielorrusia. Y si bien todo el tiempo negó que se tratara de una invasión, se puede descubrir que ese plan era lo suficientemente perceptible y real[xxix]. Como dijo Seth Jones: “Putin ha complementado esta acumulación de tropas con un lenguaje contundente de que Ucrania es históricamente parte de Rusia y que Kiev necesita volver al redil ruso”[xxx].

Tras su discurso justificativo de guerra, donde además legitimaba moralmente sus acciones aduciendo que ese derecho era superior al que se habían abrogado las potencias occidentales en sus intervenciones imperiales durante las últimas dos décadas, el presidente Putin ordenó la operación en Ucrania con dos objetivos en mente: forzar al presidente Zelensky a firmar un tratado de neutralidad donde además este reconociera la independencia de Lugansk y Donetsk, así como la anexión de Crimea al territorio ruso; de lo contrario, avanzaría con su segundo objetivo: la “desnazificación” de Ucrania, esto es, un cambio de régimen para instalar allí un régimen títere pro-ruso.

Desde un punto de vista sistémico, esta ofensiva rusa puede ser interpretada como una apuesta para revertir su declive económico como potencia regional (o mundial). Para ser claro, Rusia está experimentando un declive, pero ello no le quita la condición de potencia. Rusia tiene una fuerza militar convencional y nuclear enorme, recursos energéticos y minerales relativamente abundantes, un territorio extenso, una demografía estancada pero considerable y finalmente la voluntad de usar la fuerza en el extranjero cercano e incluso más allá (como en Siria)[xxxi]. Como mínimo, tiene la capacidad para defender su territorio ante el ataque de otra potencia, o infligir grandes costos humanos y económicos a un agresor.

Las sanciones impuestas por Occidente tras la anexión de Crimea, sin embargo, iniciaron un ciclo lento de declive económico, seguido de un leve ascenso tras la relajación de las sanciones (ver la gráfica).

                                             PIB ruso en términos PPP

Gráfica tomada de: Monika Grzegorczyk, Niclas Poitiers, Pauline Weil y Guntram B. Wolff, “The risks for Russia and Europe: how new sanctions could hit economic ties”, Bruegel, FEBRUARY 11, 2022: https://www.bruegel.org/2022/02/the-risks-for-russia-and-europe-how-new-sanctions-could-hit-economic-ties/

Nota: el año 2020 refleja un declive marcado sobre todo por la pandemia del coronavirus.

La recuperación experimentada en el 2021 seguía siendo lenta, o por lo menos no lo suficiente para superar los límites del mercado interno y externo; más aún, este lento o negativo crecimiento impactó en el gasto en defensa de Rusia: si bien este aumentó un 2,5% en 2020 (llegando a 61.700 millones de dólares), ese gasto fue un 6,6% inferior a su presupuesto militar inicial, “un déficit mayor que en años anteriores”[xxxii]. Comparado con Estados Unidos (cuyo gasto es de 776.000 millones de dólares), el gasto militar ruso equivale tan solo a un 8% de lo que gasta la potencia americana.

Si bien las sanciones contra Rusia fueron relajadas en el 2021 por petición del gobierno alemán, quien buscaba desesperadamente satisfacer los intereses de las empresas alemanas de energía y asegurar la demanda de gas, esta medida estaba supeditada al compromiso ruso de reducir sus demandas en Ucrania. Para el presidente Putin, por tanto, esta indeterminación, junto a la percepción de un declive profundo e inevitable, debía ser dirimida rápidamente a través de una intervención militar.

Ahora bien, la determinación del presidente Putin no estuvo impulsada únicamente por este tipo de consideraciones geopolíticas y geoeconómicas. Esta también estaba relacionada con la identidad histórica rusa como gran potencia, una identidad que aquí podemos denominar soberanista. Como dijo el presidente Putin, la intervención era necesaria “para no permitir que nadie se inmiscuya en nuestros asuntos, en nuestras relaciones, sino para construirlos por nuestra cuenta”[xxxiii].

Con esa determinación, es poco probable que el presidente Putin ordene el retiro de las fuerzas rusas antes de conseguir sus objetivos o por lo menos el objetivo central de la neutralidad ucraniana. A estas alturas, sin embargo, todavía existe la posibilidad de poner fin a la guerra de forma rápida y relativamente fácil. Rusia debería sentirse satisfecha si logra el objetivo central -establecer un tratado de neutralidad para Ucrania-, en el que Estados Unidos se compromete a no incluir a Ucrania en la OTAN o implementar acuerdos de cooperación militar en el marco de otras sociedades estratégicas. Obviamente, ese tratado también condiciona a Rusia: la no inclusión de Ucrania en su proyecto geopolítico de Unión Euroasiática. Ucrania podría seguir el camino de Austria o Finlandia. Estos dos países se convirtieron en democracias desarrolladas de libre mercado, pero que al mismo tiempo se apartaron de las alianzas rivales durante la guerra fría y después. Rusia también podría aspirar a la “desmilitarización” de Ucrania, esto es, evitar que Estados Unidos instale bases o misiles en su suelo; probablemente Ucrania tendrá que reconocer la anexión de Crimea, pero este punto pude ser zanjado en la medida en que Rusia revierta su decisión de reconocer la independencia de Lugansk y Donetsk, o por lo menos la conversión de estas provincias en regiones autónomas. La guerra seguramente se prolongará unas semanas y la resistencia ucraniana –paramilitar y militar- seguirá plantando una recia oposición al avance ruso. Sin embargo, tarde o temprano el resultado terminará siendo similar al escenario planteado.

 



[i] Internacionalista. Doctor en Historia. Profesor Titular del Programa de Relaciones Internacionales y Estudios Políticos, UMNG, Universidad Militar Nueva Granada de Colombia.

[ii] Ted Galen Carpenter, “America’s Ukraine Hypocrisy”, Cato Institute, August 6, 2017: https://www.cato.org/commentary/americas-ukraine-hypocrisy. La conversación se puede consultar en: https://www.youtube.com/watch?v=MSxaa-67yGM

[iii] Nicolas J. Davies y Medea Benjamin, “The United States Is Reaping What It Sowed in Ukraine”, The Progressive Magazine, February 1, 2022: https://progressive.org/latest/us-reaping-sowed-in-ukraine-benjamin-davies-220201/. Ver también Diana Johnstone, “Washington’s Iron Curtain in Ukraine”, CounterPunch, June 6, 2014: https://www.counterpunch.org/2014/06/06/washingtons-iron-curtain-in-ukraine-2/

[iv] Este acuerdo, en el que participaron Alemania, Francia, Rusia y Ucrania, establecía, entre otras cosas, un cese al fuego y la creación de un régimen político federal en Ucrania, donde las provincias pro-rusas del este tuvieran autonomía cultural y política. Para el apoyo de Moscú a los rebeldes separatistas, ver Crisis Group, Russia and the Separatists in Eastern Ukraine, Briefing 79, 5 February 2016: https://www.refworld.org/pdfid/56b843194.pdf

[v] Nicolas J. Davies y Medea Benjamin, “The United States Is Reaping What It Sowed in Ukraine”, citada.

[vi] Para estos datos y la interpretación, ver Ibíd.

[vii] Un balance de las protestas rusas y del conocimiento de Occidente de estas, en Patrick Wintour, “Russia’s belief in Nato ‘betrayal’ – and why it matters today”, The Guardian, January 12, 2022: https://www.theguardian.com/world/2022/jan/12/russias-belief-in-nato-betrayal-and-why-it-matters-today; ver también Anatol Lieven, “Russia Has Been Warning About Ukraine for Decades. The West Should Have Listened”, Time, January 25, 2022: https://time.com/6141806/russia-ukraine-threats/; y Jonathan Masters, “Why NATO Has Become a Flash Point With Russia in Ukraine”, CFR, January 20, 2022: https://www.cfr.org/backgrounder/why-nato-has-become-flash-point-russia-ukraine

[viii] Sobre el anuncio público de esta amenaza de invasión desde inicios de diciembre de 2021 hasta días antes de la invasión, ver Shane Harris and Paul Sonne, “Russia planning massive military offensive against Ukraine involving 175,000 troops, U.S. intelligence warns”, The Washington Post, December 3, 2021: https://www.washingtonpost.com/national-security/russia-ukraine-invasion/2021/12/03/98a3760e-546b-11ec-8769-2f4ecdf7a2ad_story.html; y Ed Pilkington, “US intelligence believes Russia has ordered Ukraine invasión”, The Guardian, February 20, 2022: https://www.theguardian.com/us-news/2022/feb/20/russia-invasion-ukraine-biden-blinken-us-national-security-council

[ix] El gobierno de Estados Unidos rechazó estas demandas aduciendo que su política de “puertas abiertas” para ingresar a la Otan no estaba sujeta a presiones o imposiciones que atentaran contra los deseos soberanos de un país. Vale la pena advertir, sin embargo, que cualquier analista que conozca la historia de la política exterior de Estados Unidos, reconocerá inmediatamente que este país no aplica tal criterio en su propia zona de influencia. El ejemplo de la crisis de los misiles en Cuba basta para confirmarlo. En otras palabras, Estados Unidos tendría la misma reacción de Rusia en caso de que este país o cualquier otro como China, decidiera instalar bases militares en México, Cuba o Nicaragua.

[x] Un balance de estos conceptos y su aplicación histórica, en Dale Copeland, The Origins of Major War, New York: Cornell University Press, 2001.

[xi] Christopher Layne sostiene que ese orden hegemónico se creó no por razones de seguridad nacional, pues Estados Unidos, desde la segunda guerra mundial, se convirtió en un país seguro debido a la distancia enorme que lo aislaba de las potencias euroasiáticas; realmente, el orden hegemónico estaba impulsado por un interés doméstico: la idea de evitar el surgimiento de potencias hegemónicas en Eurasia que cerraran el mercado a la economía estadounidense, estaba y sigue estando impulsada por la necesidad de mantener la prosperidad interna y la seguridad del régimen político-económico liberal. Layne, The Peace of Illusions, Ithaca: Cornell University Press, 2006.

[xii] El término hegemonía abarca otras características. En primer lugar, vale la pena advertir que una hegemonía es un tipo específico de configuración imperial. Como dice Chalmers Johnson, hegemonía es “imperialismo sin colonialismo” (The Sorrows of Empire, 2005). Por otra parte, lo que distingue a una hegemonía de otros tipos de configuraciones jerárquicas imperiales (como el Imperio informal), es que una hegemonía prefiere establecer un orden internacional de seguridad y económico sin imponer instituciones de gobierno metropolitanos al Estado subordinado.

[xiii] Para las cifras sobre el sostenido aumento del gasto militar estadounidense, y su proporción con el PIB, ver SIPRI: Trends in World Military Expenditure, 2020: https://sipri.org/sites/default/files/2021-04/fs_2104_milex_0.pdf; y Military expenditure by country, in constant (2019) US$ m., 1988-2020:
https://sipri.org/sites/default/files/Data%20for%20all%20countries%20from%201988%E2%80%932020%20in%20constant%20%282019%29%20USD%20%28pdf%29.pdf

[xiv] Congressional Research Service (CRS), Russia’s Nord Stream 2 Natural Gas Pipeline to Germany, December 9, 2021: https://crsreports.congress.gov/product/pdf/IF/IF11138

[xv] La posición energética de Rusia es enorme en ese sentido: el oleoducto oriental (Poder de Siberia), el oleoducto occidental (Ruta de Altai), el suministro mundial de gas ruso y del Caspio, los oleoductos rusos a Europa (Nord Stream 1), los oleoductos de Asia Central a China, y los oleoductos al norte África, ver Abed Akbaria y Tahere Moghri Moazen, “Nord Stream 2 and the strategic balance of power”, Petroleum Business Review, 2019: https://pbr.put.ac.ir/article_115496_d0c4aba2a1d94454167419297296b0f9.pdf

[xvii] Sascha Lohmann y Kirsten Westphal, “US-Russia Policy Hits European Energy Supply”, SWP, 2019: https://www.swp-berlin.org/10.18449/2019C06/; y Sophie Marineau, “What the lifting of US sanctions means for the Nord Stream 2 pipeline”, The Conversation, August 4, 2021: https://theconversation.com/what-the-lifting-of-us-sanctions-means-for-the-nord-stream-2-pipeline-165275

[xviii] Abed Akbaria y Tahere Moghri Moazen, “Nord Stream 2 and the strategic balance of power”, citada.

[xix] Para un balance, ver Dave Keating, “Trump To Europe: Drop Nord Stream Or We Won't Protect You From Russia”, Forbes, Jul 11, 2018: https://www.forbes.com/sites/davekeating/2018/07/11/trump-to-europe-drop-nord-stream-or-we-wont-protect-you-from-russia/?sh=7f90186410f9; Franziska Holz y Claudia Kemfert, “No Need for New Natural Gas Pipelines and LNG Terminals in Europe”, DIW focus 5, 2020: https://www.diw.de/de/diw_01.c.794645.de/publi

[xx] Eugene Z. Stakhiv, Is Nord Stream 2 in America’s national interest?, The Ukrainian Weekly, May 27, 2021: https://www.ukrweekly.com/uwwp/is-nord-stream-2-in-americas-national-interest/; Zia Weise, “Germany shelves Nord Stream 2 pipeline”, Politico,  February 22, 2022: https://www.politico.eu/article/germany-to-stop-nord-stream-2/

[xxi] Cathy Bussewitz y Matthew Daly, “What does a US ban on Russian oil accomplish?”, ABC News, 8 March 2022: https://abcnews.go.com/Business/wireStory/explainer-happen-us-banned-russian-oil-83314181

[xxii] Anatol Lieven, “A Poisonous Giant Russian Squid Ate Trump’s Brain!”, Valdai Discussion Club, 7 April 2017: http://valdaiclub.com/a/highlights/a-poisonous-giant-russian-squid-atetrump-brain/; Andrei P. Tsygankov, “American Russophobia in the age of liberal decline”, Eurozine, 6 December 2018: https://www.eurozine.com/american-russophobia-age-liberal-decline/#anchor-footnote-29

[xxiii] Eugene Rumer, “Opposition to Nord Stream 2 Makes No Sense for America or Europe”, Carnegie Endowment for International Peace, August 12, 2018: https://carnegieendowment.org/2018/08/12/opposition-to-nord-stream-2-makes-no-sense-for-america-or-europe-pub-77038

[xxiv] Sobre la “ilegalidad” de las acciones rusas, ver Elizabeth Wilmshurst, “Ukraine: Debunking Russia’s legal justifications”, Chatham House, 24 Februaruy, 2022: https://www.chathamhouse.org/2022/02/ukraine-debunking-russias-legal-justifications; Marko Milanovic, “What is Russia’s Legal Justification for Using Force against Ukraine?”, Ejil Talk, February 24, 2022: https://www.ejiltalk.org/what-is-russias-legal-justification-for-using-force-against-ukraine/;  Ralph Janik, “Putin’s War against Ukraine: Mocking International Law”, Ejil Talk, February 28, 2022: https://www.ejiltalk.org/putins-war-against-ukraine-mocking-international-law/

[xxv] Las mejores referencias analíticas sobre los intereses rusos se pueden consultar en Anatol Lieven, “Russia Has Been Warning About Ukraine for Decades. The West Should Have Listened”, Time, January 25, 2022: https://time.com/6141806/russia-ukraine-threats/;  “Putin, Put’n, and Peace in Ukraine”, The Nation, January 31, 2022: https://www.thenation.com/article/world/putin-ukraine-peace/; y “Ukraine – The Most Dangerous Problem in the World”, The Transnational, January 19, 2022: https://transnational.live/2022/01/19/anatol-lieven-ukraine-the-most-dangerous-problem-in-the-world/

[xxvi] Anatol Lieven, obras citadas.

[xxvii] Patrick Reevell, “Russia makes sweeping demands for security guarantees from US amid Ukraine tensions”, ABC News, 17 December 2021: https://abcnews.go.com/International/russia-makes-sweeping-demands-security-guarantees-us-amid/story?id=81821816; Steven Pifer, “Russia’s draft agreements with NATO and the United States: Intended for rejection?, Brookings, December 21, 2021: https://www.brookings.edu/blog/order-from-chaos/2021/12/21/russias-draft-agreements-with-nato-and-the-united-states-intended-for-rejection/; ver el discurso de Putin donde justifica la entrada en la guerra, en The Spectator, Full text: Putin’s declaration of war on Ukraine, 24 February 2022: https://www.spectator.co.uk/article/full-text-putin-s-declaration-of-war-on-ukraine

[xxviii] Putin’s declaration of war on Ukraine, citada.

[xxix] El presidente ruso no usa el término “invasión”, sino “operación militar especial”. Una invasión, de hecho, implica la ocupación de territorio enemigo y la instalación en este de un gobierno de ocupación. Si Rusia consigue sus objetivos sin necesidad de cambiar el régimen, esto, efectivamente, no completaría los criterios para hablar de una “invasión”. Sin embargo, la ocupación militar de las repúblicas separatistas, así como el avance militar en el marco de una guerra de posiciones en varias ciudades de Ucrania, desde un inicio fueron concebidas para cambiar el régimen en caso de que el primer objetivo no fuera conseguido. Como dijo el presidente Putin: la ofensiva debe crear “las condiciones necesarias…a pesar de la presencia de fronteras estatales, para fortalecernos…como un todo”. Al difuminar deliberadamente el derecho de Ucrania a autodeterminarse, por tanto, se está constituyendo una forma de invasión, por lo que este estudio seguirá usando este término. Ver Frank Ledwidge, “Ukraine war: what are Russia’s strategic aims and how effectively are they achieving them?”, The Conversation, March 2, 2022: https://theconversation.com/ukraine-war-what-are-russias-strategic-aims-and-how-effectively-are-they-achieving-them-178243

[xxx] Seth Jones, Russia’s Possible Invasion of Ukraine, CSIS, January 13, 2022: https://www.csis.org/analysis/russias-possible-invasion-ukraine

[xxxi] The National Intelligence Council, Global Trends 2040, March 2021: https://www.dni.gov/files/ODNI/documents/assessments/GlobalTrends_2040.pdf

[xxxii] Sipri, World military spending rises to almost $2 trillion in 2020, 26 April 2021: https://sipri.org/media/press-release/2021/world-military-spending-rises-almost-2-trillion-2020