2022 · 05 · 16

Cuando Israel asesina

Este domingo 15 de mayo se recordó la Nakba, una fecha que tiene como símbolo sublime las llaves de las casas que las familias palestinas cargaron en 1948 y 1967 pensando que algún día regresarían. Nunca regresaron. Nunca les devolvieron aquello que les quitaron. Un país palestino forzado al exilio y a romperse, para que el nuevo estado de Israel, convenido entre los intereses de varios países de Occidente y tras la Segunda Guerra Mundial, se instalara en una tierra que no les pertenecía.

Por la periodista Amparo Panadero

Este domingo se cumplieron 74 años de la Catástrofe, de la Nakba palestina. Centenares de miles de familias fueron expulsadas de sus hogares y de sus tierras. Fue el viaje más largo, sin billete de vuelta, que se inició el 15 de mayo de 1948. En aquel momento, en aquel año, más de 700.000 personas que convirtieron en refugiadas, tal como nos recuerda UNRWA, la Agencia de la ONU para los refugiados palestinos.

El gran éxodo obligó a miles de personas a abandonarlo todo, sus casas, trabajos, estudios, la tierra y sus cultivos. Después llegó la Guerra de los Seis días, el conflicto israelí-árabe que provocó el segundo éxodo de la población palestina. Entre las miles de personas que fueron expulsadas y amenazadas por las armas a abandonar Palestina, se encontraba la familia de la diputada autonómica socialista, y estimada amiga, Rosa de Falastín Mustafá Avila, nieta, hija y sobrina de una familia del municipio de Latroun que sufrió la violencia y se vio obligada a abandonar su tierra y sus recuerdos. La familia de Falastín pudo instalarse, con muchas dificultades, en Jordania. Mi amiga, por cierto, no puede viajar a Palestina por su ascendencia familiar, no puede visitar su tierra de origen familiar. 

Este domingo 15 de mayo se recordó la Nakba, una fecha que tiene como símbolo sublime las llaves de las casas que las familias palestinas cargaron en 1948 y 1967 pensando que algún día regresarían. Nunca regresaronNunca les devolvieron aquello que les quitaron. Un país palestino forzado al exilio y a romperse, para que el nuevo estado de Israel, convenido entre los intereses de varios países de Occidente y tras la Segunda Guerra Mundial, se instalara en una tierra que no les pertenecía. 

Y así ha ido transcurriendo la historia, Gaza y Cisjordania son territorios ocupados, invadidos y acosados. He visitado en varias ocasiones Cisjordania, junto a la Plataforma de Mujeres Artistas por la Paz y contra la violencia de género. Hemos compartido el dolor, rabia y tristeza de las mujeres palestinas, muchas viudas y madres de hijos asesinados, presos o desaparecidos. Mujeres valientes que siguen luchando contra la ocupación y la opresión de Israel, que protegen sus olivos, limoneros y los pocos acuíferos que no les ha arrebatado el gobierno israelí. Porque la ocupación es así. Primero se expulsa a casi un millón de personas, arrebatando sus propiedades. Después se va ocupando el territorio, los cultivos, acuíferos, y acosando a quienes permanecen. 

Ante la creciente ocupación ilegal del territorio, Naciones Unidas creó UNRWA, la agencia de protección del pueblo palestinos en los distintos campos de refugiados de Gaza, Cisjordania y otros países como Jordania o Siria. En el transcurso de estas duras décadas, las decisiones de la ONU, del Tribunal de La Haya y de otros organismos internacionales condenando la ocupación israelí, declarándola ilegal, no han servido de nada. Porque nada ni nadie se atreve a detener el poder de Israel.

Cuando llegas a Hebrón, la bellísima ciudad histórica, estremece la presencia del ejército israelí, a cada paso, en cada calle. Hay controles de acceso y salida en casi todo el municipio. Para cruzar algunas calles tienes que atravesar obligatoriamente los tornos metálicos de los check point, esos controles humillantes que controlan constantemente el movimiento de la población palestina. En Qalqilya, ciudad habitada por más de 40.000, solamente existe un puesto de control, de salida y de acceso. La ciudad está completamente rodeada por el gran muro israelí.

También he estado en el Campo de Refugiados de Jenin, al norte de Cisjordania. El mismo lugar donde fue brutalmente asesinada por militares israelíes, la pasada semana, Shireen Abu Akleh, periodista palestina-estadounidense. Shireen era una colega veterana, prestigiosa y referente de profesionalidad y honradez desde su puesto en Al Jazeera. Mi colega y amiga Lola Bañón conoció a Shireen, colaboró con ella y coincidió en Jenin en alguna ocasión. El extremo dolor y rabia que siente Bañón, que ha mostrado en las redes sociales, es el mismo que sentimos muchas colegas desde el periodismo más comprometido con los Derechos Humanos. Y, desde luego, quienes hayan estado en Cisjordania entenderán por qué tanta violencia y por qué continúa la impunidad de Israel.

Hay dos aspectos muy graves ante su asesinato. Por un lado habría que preguntarse qué hacían los militares israelíes en un campo de refugiados de la ONU, un lugar al que no pueden acceder y que es un espacio de seguridad internacional para el pueblo palestino. Y, por otra parte, era una periodista identificada, con su chaleco Press y credenciales, y fue ajusticiada por varios tiros en la cabeza. No hay dudas ante esta nueva ignominia de Israel, un estado criminal.

En algún momento del contexto de este mundo -de mierda- que habitamos millones de personas, una supuesta Comunidad internacional debería concienciarse ante la ignominia hacia las poblaciones sometidas, hacia los seres humanos que están sufriendo hambruna, muerte, desigualdades, tortura y una constante destrucción de los Derechos Humanos. 

La primera vez que viajé a Cisjordania sentí la derrota del mundo actual, de los credos que predicamos, de los derechos que pregonamos. Sentí que el mundo se equivoca, que hay países, comunidades y grandes pueblos que no tienen derecho a la existencia, a la vida, al futuro. Y que casi nadie los apoya.

También descubrí que hay infinitas maneras de amar y luchar por un pueblo desde el otro lado del muro, porque Israel cuenta desde hace tiempo con organizaciones que aman y conectan con el pueblo palestino. Pero, chocamos con el poder sionista, con sus medios de comunicación, con su predominio económico mundial y, hoy, qué casualidad, con su programa Pegasus.

Nada sirve para salvar a Palestina. Nadie va a dar la cara por su bienestar, libertad, soberanía, independencia y por recuperar su estado anímico, por reunir a las miles de familias dispersadas por el mundo, muchas en territorio valenciano, por reencontrar esa diáspora tan dolorosa.

Hoy inquieta pensar que no sepamos si hay fórmulas para salvar un planeta que se está inmolando, que sigue jugando al límite en un tablero que marca un incierto futuro, y la vida y la muerte de miles de personas inocentes.

 

Nota de la autora: Mis fotos, que ilustran este artículo, son del campamento de refugiados de Jenin. Sobre todo, fijé mirada en los niños, en alguna mujer, porque aquel campo estaba vacío de vida, oscuro por los apagones de luz, lleno de hombres mutilados, de sillas de ruedas, de mujeres tristes y derrotadas. Esperé que saliera el sol para fotografiar.

 

Fuente: https://valenciaplaza.com